miércoles, 1 de agosto de 2007

EXCLUSIVO: Un relato de El Caballero Español


Uno salió a comprar un par de chorizos de Cantimpalo, o candelarios. ¡Sí, está bien, chorizos, chorizos colorados! Ya sabe uno que eso no es “cool”.

Uno no debería salir un sábado por la mañana, en pleno invierno, a no ser que fuera a tomarse un té con limón –a la inglesa, “of course”- al bar del Hotel Claridge. Tampoco estaría mal acercarse al Malba a discutir con unos críticos de arte amigos la pintura de Pollock. O en el caso de querer comprar algo de comer, adquirir caviar Beluga o pechuga de faisán en lata en una de esas fiambrerías lujosas y carísimas que hay en las galerías comerciales del extrarradio elegante.

Pero lo mejor sería quedarse en casa, desempolvar el Ulises, servirse una copa de Mandarine Napoléon, arrellanarse en un sillón Chester de cuero color magenta y dedicarse a seguir las venturas y desventuras de Leopold Bloom, el protagonista de la novela/bandera de James Joyce.

(La mayoría de las cosas malas que le pasan al hombre es por no quedarse solo y tranquilo en su casa, dijo Blas Pascal.)

Uno quería regalarse para el almuerzo con unas lentejas a la vasca con chorizo, morcilla, tocino, pimientos verdes, zanahorias, cebolla, ajo, pimentón…

-- ¡Qué barbaridad!
-- ¡No sabe usted lo ricas que están las lentejas de esa guisa, o así guisadas! Mire, me atrevería a invitarlo, mister.
-- Cómase usted sus lentejas en buena hora; yo me voy a San Isidro a mandarme un cordero de la Patagonia asado a la cruz con mis primos, que acaban de llegar de Estocolmo.

Bien. Uno salió a comprar un par de chorizos de Cantimpalo, o candelarios. Uno se encaminó a una despensa de la barriada portuaria que muestra en la vidriera rotundos jamones de un apagado rojo casi color de vino de Oporto “tawny”, salchichones de Cracovia, lustrosos chorizos colorados a los que parecen haber sacado brillo manos femeninas, oscuras y arrugadas morcillas asturianas ahumadas, mortadela con pistachos, otros no menos exquisitos embutidos y quesos que forman por los colores de sus cortezas una polícroma paleta impresionista en la que se destacan el verde, el naranja, un amarillo cremoso, un bermellón oscuro, un siena tostado…

En el almacén –que un esnob habría calificado de “boutique” de fiambres- había dos chicas, una señora mayor y un muchacho. Le atendió a uno la señora mayor. Uno le pidió dos chorizos de los que pendían de una ristra a la derecha de uno, cerca de la puerta. La buena señora cortó el cordel que los unía a la ristra, los agarró y se fue con ellos a la trastienda. Llegaba un rumor de preocupados cuchicheos a la sordina. Al cabo, la señora retornó chorizos en mano, los depositó en una de esas balanzas modernas, computadorizadas, clavó la mirada en el visor y le dijo a uno: “Un peso con sesenta”. Muy barato, pensó uno. Ella debió pensar lo mismo porque inmediatamente tomó los chorizos y se fue de nuevo con ellos al fondo. Más cabildeos.

Vino una morenita con flequillo, chorizos en mano también y los puso a su vez en la balanza. Miró fijamente al visor en el que danzaban unas cifras verdes. Tomó los chorizos y se fue. Regresó sin los chorizos y con la señora al lado. Se miraron la una a la otra y luego le miraron a uno. La señora mayor dijo con imperio: “Es que ya se ha retirado el fiambrero…”

-- Y ustedes no saben el precio de los chorizos, ¿verdad?
-- No.
-- Bien, pues aclarado todo me voy: adiós

Y uno se fue sin los chorizos pensando que a nadie medianamente avisado se le ocurriría echarse a la calle un sábado por la mañana en vacaciones de invierno, por añadidura, en busca de dos chorizos candelarios como Marcel Proust a la búsqueda del tiempo perdido en el bulevar Saint Michel de París.

Ah, al final uno consiguió los chorizos en un mercadito de chinos en el que entró diciendo “¡chorizos, chorizos!”, al más puro estilo de Bigas Luna con su “Jamón, jamón”.

-- Así que por fin… “realizó” usted las lentejas.
-- Sí, señor; estaban muy ricas, por cierto.

Lentejas; si quieres las comes y si no, las dejas.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Que alegría saber del Caballero Español a través de este blog! ¡Qué buena la nota! ¿Podría pedirle a través del Sr. Agromayor, si alguna vez podría dar alguna de las recetas que daba cuando trabajaba con Lanny por Continental? También me gustaría, siempre y cuando no sea muy molesto, si pudiera publicar ese texto que leía en "Páginas escogidas" sobre la derrota o el éxito. No me acuerdo bien el título pero me encantaría poder tenerlo. ¿Se puede por medio del blog escuchar su voz? Muchas felicitaciones al sr. Agromayor a quien leo con frecuencia porque me gustan sus temas y, además, por hacer que los seguidores de Fermosel puedan disfrutarlo de nuevo. Un gran beso y... espero más notas. ¡Gracias, gracias...! Olga Alonso de Mar del Plata.

José Luis Agromayor dijo...

Con todo gusto, Olga. Hoy domingo, a más tardar mañana lunes, le paso aEl Caballero Español la novedad de tus cálidos elogios.
Y, vaya uno a saber, un día de estos te encuentras con una novedad, en el dial o en la blogoesfera.
Claro que para avisarte debería tener tu dirección.

Afectuosos saludos.

José Luis (el más malo)

Trini Reina dijo...

un texto genial, como genial debe de ser su autor...

Un abrazo

Anónimo dijo...

¡Qué maravilla y que bien contado!
Los amigos de San Telmo, queremos más. Y, si a mano viene, explicarnos bien cómo preparó las lentejas para comerlas... ¡y no dejarlas! En nombre de mis amigos firmo: YO. ¿No podrá el Caballero Español escribir algo sobre los machos posmos? Yo soy uno de tantos
pero sarna con gusto, no pica. Abrazos. Santiago, o sea, Santi.