viernes, 17 de agosto de 2007

Cuba, el Che, la tele y el cantero del patio de mi casa


ARRIBA: 1992 - Monumento al Che, en las alturas que dominan la Ciudad deSanta Clara, centro de Cuba, en las estribaciones de las Sierras deEscambray. Bajo los grandes escalones, se preparó luego la criptaque alojó los restos del líder guerrillero hallados en Bolivia. En elmuro de piedra calcárea, el texto de la carta de despedida deGuevara a Fidel Castro, en letras de bronce.
ABAJO: Mansión Xanadú, Varadero Hoy aloja un hotel boutique.Tres confiterías, un museo y salas de espectáculos.
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La figura del Che Guevara no ingresó en mi olimpo personal por la ideología. Puedo decir que entró en mi mundo de la niñez por la tele de los comienzos, los diarios y el cantero-jardín largo del patio de mi casa. En 1958 todavía jugaba a los soldaditos.
Fui baby boomer, producto de la explosión demográfica de la post Guerra Mundial II.
La televisión, más joven que yo, ya empujaba como fenómeno de masas, al menos en las filas de la entonces vigorosa clase media de Buenos Aires.
La pantalla en casa saturaba los horarios marginales con películas de la propaganda de guerra yanqui, casi la única fuente de espectáculo visual enlatado de la TV porteña. Excedentes de guerra, que le dicen. Existía la emisión de ondas de TV, pero no había video-grabación de ningún tipo. Lo que se registraba en imagen y sonido, salía al aire en ese instante, y allí moría. Pero alguien había dado con el telecine, una máquina grande como un guardarropa que recibía los rollos de una película, hacía correr el celuloide frente a una óptica de TV y por la tele se veía el film. Iwo-Jima, París, Normandía, África del Norte, William Holden, John Wayne, Robert Taylor, sus obuses y bombarderos en picada, desfilaban en blanco y negro por el living familiar.
Como bonus, casi gratis, llegaba la nueva chatarra fílmica de la Guerra de Corea.
En casa se leían diarios pues mi viejo los traía. Era habitual en las casas de empleados, obreros o pequeños comerciantes. La incipiente TV no se metía casi con las noticias, como los medios gráficos o las radios.
Los diarios-sábana más respetables, de derechas, y los más modernos tabloides, populares, comenzaron a registrar a mediados de 1958 las andanzas de un grupo de latinoamericanos locos, dirigidos por tres cubanos y un argentino traían por la calle de la amargura al dictador de la isla de Cuba, Fulgencio Batista, ex sargento taquígrafo del ejército, corrupto, pervertido, amigo de la mafia norteamericana. Las radiofotos, otra novedad de los periódicos, los mostraban guapos, barbados, con metras y machetes.
Las mejores crónicas de aventura sobre las hazañas de los barbudos de las Sierras cubanas las suscribían corresponsales viajeros y de guerra de las dos mayores agencias noticiosas del mundo, Associated Press (AP), y United Press International (UPI), norteamericanas.Un día, el cantero-jardín del patio, teatro de operaciones de mis tropas, dejó de parecer la selva tailandesa y se convirtió en las serranías caribeñas del Escambray, las que vaya a saber uno cómo eran. Un muñequito de plomo del goleador del Boca Juniors campeón de futbol, reciclado con pintura verde y negra, era el líder de mis irregulares , el comandante Guevara.
Hubieron de pasar treinta y cinco años, decenas de encantamientos filosóficos, platónicos y de los otros, cifras equivalentes de desilusiones y algunas certezas para que conociera las estribaciones del Escambray. Y otras cosas más interesantes.
No fue ninguna ida a las fuentes, o viaje a la Meca, sino un vulgar par de semanas de turismo barato que, entre tantos disgustos, nos arrima muy cada tanto la loca economía argentina a los burgueses pequeños-pequeños de la Pampa húmeda.
La Habana-Varadero, hoteles Habana Libre y Siboney, mil dólares por cabeza, aéreo incluído. Una delicia, de punta a cabo. Autos baratos para alquilar, comida sabrosa, sóngoro cosongo todo el tiempo, listo para llevar, y siguen los rubros. Para estos detalles, alcanza con los folletos turísticos.
Claro es que están los cubanos. Y la Revolución.
No hace falta interpretarlos, ni a los unos, ni a la otra. Están. Hay, a cada paso, construcciones que hablan. Y cubanos que hablan.
Varadero, una isla-península coralina que cierra el golfo de Cárdenas al Atlántico, tiene unos veinte kilómetros de longitud y una anchura de escasos cuatrocientos metros. Fue y es un paraíso del marlín, o aguja, o pez.-espada, uno de los objetivos más exclusivos y caros de la pesca deportiva mundial. En la década de 1920, uno de los entusiastas del marlín más notables fue Irenée Du Pont, cabeza del emporio químico-bélico más grande del mundo . ¿Les suena pólvora sin humo, nylon, antron, tyvek, teflon, neoprene, kevlar, plutonio, bomba atómica, por caso? Don Ireneo quedó fascinado con la península de Hicacos que, en su unión con la isla, estaba y está provista de playas planas de arena suave que fueron durante tres siglos un excelente varadero para reparar naves desde los años de la colonia. Entonces Ireneo la compró. A la península, no al varadero.
Bueno, sólo catorce kilómetros de los veinte. En 1929 inauguró su famosa mansión marítima Xanadú, que le costó un dinerillo de entonces: un millón trescientos mil dólares. La casona de cuatro plantas, ascensor incluído, remata en una inmensa terraza cubierta por tejas de cerámica andaluza, sostenida por columnas salomónicas de caoba.
Hasta allí llega desde la planta baja un conducto de unos dos metros por dos. ¿Un ascensor que falta? No. Es la bocina vertical de un órgano barroco, construído ad hoc, que se ejecuta desde la planta baja. Don Ireneo adoraba los arreboles del atardecer, martini en mano y con jazz como música de fondo.
La mansión está rodeada por links de golf, en los que el tycoon se lucía con sus vecinos, entre ellos, el dictador Batista y sus antecesores, y don Alphonse Capone, Al, dueño de una pequeña fortaleza de piedra, con salida subterránea de hormigón directa a la playa, porque uno nunca sabe…Los cien sirvientes de Xanadú ganaban poco, pero no la pasaban tan mal. Se alimentaban bien con las vituallas frescas que se renovaban a diario en la mansión, por si a don Ireneo se le ocurría aparecer en su yate con una veintena de amigos.
En los primeros años noventas, ocho turistas con doscientos dólares en el bolsillo no daban la vuelta al mundo, pero una vuelta grande por el centro de Cuba, sí. El primer día nublado que se cruzó, allí salimos la patota de progres del tour, desde el Océano Atlántico, el lomo del verde lagarto verde, hasta el Mar Caribe, el vientre del lagarto.
El objetivo principal de la peregrinación laica era Santa Clara, ciudad industrial y mediterránea, nada turística, a los pies del cordón montañoso del Escambray. ¿Les suena?
Nudo ferroviario de la isla, la Santa Clara obrera aportó muchos combatientes a la columna del argentino de la boina y del cubano del sombrero de paja, Camilo, descendiente de un virrey. Alí estaba el monumento al Che, ahora su mausoleo, con la construcción bajo nivel de una cripta que aloja sus restos hallados en Bolivia por antropólogos argentinos.
En la ciudad, no hay demasiados signos de devoción guevarista, como no sea el convoy ferroviario destruído por los rebeldes, determinante de la marcha sobre La Habana y por consiguiente de la huída del dictador a los EEUU.
Sin nigún signo de aliento oficial por el culto, en cada comercio, en algún sitio, privilegiado o no, campea una foto del Che. De boca de Dionisio, el chofer de la van, nos llegaron las más certeras impresiones sobre la Revolución Cubana. “Vea compañero: yo escucho, y veo. Y no me gustan algunas cosas, como los gordos del aparachí que lucen camisa impoltada y hablan fuete…Pero yo sé que era y que soy. Era un negrito lustrabota que procuraba cliente pa mis hermanas que eran "jineteras". Mi hijo el mayor es ingeniero graduado en Moscú, y yo soy trabajador del transpolte. Y si vienen a joder los de Miami, o quien quiera, yo, a los setenta añito`, pido un fusil y me voy otra vez pa` la casamata, como en Cochinos…”
A Dionisio, con la vista clavada en la ruta, el mentón, surcado por los años, azul de tan negro, le temblaba levemente.
En Trinidad y Cienfuegos –esta última, colonial española, lleva el nombre de los antepasados de Camilo Cienfuegos, el primer héroe mártir la de Revolución Cubana– bulle el otro hito, la resistencia y victoria de las fuerzas revolucionarias sobre los exiliados cubanos de Florida entrenados por la CIA.
Para los más jóvenes, los hijos de la Revolución, las expectativas eran distintas ya en esos años.
Para Yuri, gúia turístico y modelo de ropa informal, hijo de un ingeniero hidráulico ucranio ganado por el sol caribe y una traductora cubana, las cosas se resumían en una frase: “Queremos educación, salud, independencia, que tenemos, jeans, viajes y libertad, que no tenemos. Todo eso. ¿Qué? ¿Está mal, compañero?”
José Luis Agromayor
©2007

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