jueves, 31 de enero de 2008

Viejos ladrones: las farc quieren fijar por su cuenta las condiciones de su derrota

El polémico Bernard-Henri Lévy, (BHL, para admiradores y detractores, que los hay en parecidas cifras) ensayista, periodista, corresponsal de guerra y escritor francés, uno de los máximos exponentes de los "nuevos filósofos", hipercríticos hijos intelectuales del "Mayo del ´68, la imaginación al poder", tiene bastante que decir sobre las guerrillas terroristas colombianas.
Nacido en Argelia, pasó su juventud en París. Se formó en la Escuela Normal Superior, donde fue alumno de Jacques Derrida y Louis Althusser. Además de liderar una corriente filosófica que gozó de una gran popularidad entre los medios de comunicación de Francia, ha trabajado como editor y obtenido reconocimiento académico por sus obras filosóficas y literarias (ejemplo de esto último es la novela El diablo en la cabeza, por la que obtuvo el Premio Médicis en 1984). Además, en 1990 fundó y dirigió la revista La Règle du Jeu, ha realizado varias películas, reportajes y programas de televisión y se ha involucrado en los grandes debates de su tiempo. Se dio a conocer con La barbarie con rostro humano (1977), donde hace una dura crítica al marxismo y al socialismo como promesas de felicidad que sólo conducen a la peor de las desgracias, la "muerte absoluta".
Según él, la revolución y el progreso son señuelos; y la filosofía debe "mirar al horror de frente". El papel del intelectual es ir contra corriente y romper la unanimidad si ello es necesario.
Con El testamento de Dios (1979) divulgó algunas tesis próximas a Emmanuel Levinas según las cuales hay que escuchar lo que Dios dice en la Biblia, y resistirse al orden del mundo y a la violencia. Entre sus ensayos cabe destacar también L'idéologie française (1981), una obra que suscitó una viva polémica en su país por cuanto afirmaba que el fascismo había tenido también un origen francés, Los últimos días de Charles Baudelaire (1988), Las aventuras de la libertad (1991), Mondrian (1992), Éloge des intellectuels (1992), La pureza peligrosa (1994), Hombres y mujeres (1994) y El siglo de Sartre (2000).
Pues bien: Lévy publicó en la edición de ayer del cotidiano matutino La Nación de Buenos Aires -entre otros diarios- un análisis/propuesta tendiente a negociar el rescate de los miles de secuestrados por las autodenominadas FARC colombianas, grupo terrorista cuyos jefes son tratados de "marxistas y mafiosos" por el autor. Le asisten méritos para ello.
Ayudan a Lévy algunos pergaminos: entrevistó a dos líderes "farcos/narcos" pocos días antes en la misma selva del Caguán en la que Ingrid Betancourt y su compañera de fórmula Clara Rojas. Los compañeros farcos de entonces recitaron el mismo verso que recitan hoy: somos soldados de la libertad. ¿Ud les cree?

Basta de introito, palabra fea si las hay.
Señores: BHL en acción.
Y no le falta razón.

Fuente parcial: El poder de la palabra (http://www.epdlp.com/escritor.php?id=2592)
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Por Bernard-Henri Lévy

LANACION.com Opinión Jueves 31 de enero de 2008



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martes, 29 de enero de 2008

Hoy, las habituales felonías mundanas dejan espacio a la ficción. Sale otro Dolina

La revista Ñ, semanario sabatino de cultura del cotidiano Clarín de Buenos Aires, publicó en su serie "Grandes relatos" del 19 de enero otro texto del periodista y escritor Alejandro Dolina (ver posts del 22 y el 16 de enero). Buena ocasión para otro desinteresado robo en nombre de las letras.

La escuela de la piedra de Loyang

No resulta sencillo indagar en el pasado de la Escuela de la Piedra de Loyang. Los libros apenas si la mencionan. Los sinoístas prefieren desconfiar de su existencia y suelen arrojarla hacia otra dinastía cada vez que se la llevan por delante.
Los actuales funcionarios de la institución suelen resistirse a mostrar los archivos y vencida esa resistencia, casi siempre se encuentra uno con escritos contradictorios, escasos y más cercanos a la leyenda que al registro.
Por otra parte, es difícil conocer la verdadera jerarquía del empleado que atiende. Envolviendo a los maestros ilustres, hay un inextricable escalafón de autoridades secretas que deciden los complicados programas, las dificultosas pruebas, los implacables castigos, las recompensas lejanas y dudosas.
El vasto saber de los lectores de este informe me exime del penoso deber poético de fingir sorpresa ante cada nuevo dato.
Todos conocemos bien las enormes dificultades de los postulantes para ingresar a la escuela. Durante los diez primeros años después de su fundación, en los lejanos tiempos del emperador Han Ho-ti, nadie consiguió superar los exámenes.
Las pruebas eran secretas y los registros se guardaban bajo siete llaves. Sin embargo, algunos historiadores han conseguido reconstruir los ejercicios cumplidos por jóvenes aspirantes de nueve años de edad.
Se dice que en la primera noche, o tal vez en la segunda, cada postulante debía dibujar un mapa del cielo y dar nombre y colocación a tantas estrellas como pudiera. Para complicar la tarea los maestros astrónomos lanzaban cohetes, fuegos de pólvora y globos luminosos, que engañaban a los alumnos con falsas y efimeras constelaciones.
Al tercer día, les leían los antiguos poemas y les pedían que suspiraran en los momentos de mayor intensidad. Los alumnos que se estremecían en el instante equivocado, o que dejaban sin suspiro los versos consagrados por la tradición, eran desaprobados.
Se ha hecho célebre la prueba de las cortesanas. En la novena y última noche, los aspirantes recibían la visita de un numeroso grupo de hetairas. El ejercicio consistía en percibir el deseo ajeno. Si un alumno suponía que alguna de las mujeres sentía impulsos de intimar con él, debía entregarle una rosa.
Dar una flor a una dama indiferente acarreaba la reprobación por pe­tulancia.
Dejar sin rosa a una enamorada, causaba la expulsión por humildad desmedida.
Todos estos rigores son probablemente meros inventos destinados a sorprender a las nuevas generaciones. El verdadero interés de la Escuela de la Piedra de Loyang está en los sucesos que ocurrieron a partir del año 974, cuando el maestro disidente Wu Chang asumió la dirección. La severidad inicial había devenido en una especie de indiferencia, tal como cabe esperar bajo la influencia del Tao, que desprecia los ritos y propende a la inacción.
Wu Chang sostenía que ningún hombre es nadie, que el sujeto es un hábito jurídico y que vivimos en un entrevero de predicados que pueden ser atribuidos a cualquiera. El maestro pensaba que la mayoría de los seres no tenían ninguna idea, ni opinión, ni convicción acerca de ningún asunto. Sólo los sabios alcanzaban, al cabo de arduas jornadas, a construir unos pensamientos dudosos y frágiles que solían desarmarse ante la menor brisa.
"No importa lo que hagamos, nuestras acciones, en un sentido o en otro, son perfectamente fútiles. Observando a las plurales hormigas es posible que reparemos en alguna que presente cierta heterodoxia en su rumbo o en su carga. Pero a los pocos segun­dos, ya no sabremos si la hormiga que estamos viendo es la misma en la que antes reparamos. Al cabo de los días, el destino de las hormigas será igualmente casual, desordenado y carente de toda importancia. "
Wu Chang ocultó las reglas y prefirió que los alumnos no supieran lo que se esperaba de ellos. Fomentó la confusión, de suerte que resultara muy dificil diferenciar a un alumno de otro. Ni siquiera se sabía con exac­titud quiénes eran los profesores. Hasta los límites fisicos de la institu­ción eran imprecisos. Muchos terrenos y construcciones pertenecían a la escuela de un modo secreto. El caminante jamás sabía si estaba dentro o fuera de la Escuela de Loyang.
El emperador T'ai-tsung juzgó peligrosas aquellas enseñanzas, porque las consideraba ciertas. Encargó a su ministro Li Kuan que investigara las actividades en Loyang.
La burocracia china, como la flecha eleática, siempre encuentra un paso previo a cada acción. Y como el imperio es tan vasto como la red de funcionarios, cuando Tsu-an, enviado del ministro, entró en la escuela por primera vez para cumplir las órdenes del emperador, T'ai-tsung ya había muerto y otro hombre ocupaba su lugar.
Sin revelar su verdadera condición de delegado ministerial, Tsu-an asistió clandestinamente a lo que él pensaba eran clases de jardinería o de teatro. Algún tiempo después comprobó que se trataba de reuniones de vecinos preocupados por los demasiados incendios.
Pasó largos meses sin poder formarse ni siquiera una mínima idea acerca de la marcha de la escuela. Los habitantes de Loyang eludían cual­quier respuesta, evitaban cualquier decisión, suspendían cualquier juicio. Esta actitud convenció a Tsu-an de la existencia de una vasta conspiración, que era necesario neutralizar. Pero pasaba el tiempo y la Escuela de Lo­yang seguía siendo invisible para el funcionario. Bastante preocupado, envió un informe a la capital:
"A los dignos secretarios de la corte de K'ai Feng: ya no es posible distinguir lo que es la Escuela de Loyang de lo que no lo es. No se puede decir si existe o si no existe.
Ante una situación administrativa tan extrema y ante la imposibilidad de percibir instancias superiores a las cuales remitirme, solicito nuevas instruccio­nes, como así también recursos abundantes en metálico, por si resultara nece­sario realizar incorporaciones mercenarias, transigir en adulaciones o pagar sobornos."
Un año después de su llegada, Tsu-an consiguió asistir a una de las cla­ses del joven profesor K'iai. Lo que vio allí lo inquietó notablemente. K'iai se paseó en silencio por la sala durante casi media hora. Después dijo:
-Que nadie nombre ni cuente, porque es inútil diferenciar las cosas por las palabras o los números.
-Que nadie responda, porque responder es aceptar el poder de la pre­gunta.
-Hablemos poco, porque el lenguaje sostiene las esclavitudes. Un ti­rano es un lenguaje persistente. Los crímenes y las injusticias parecen razonables cuando se verbalizan.
K'iai recordó finalmente que el Tao era incognoscible y que nada podía decirse acerca de él. Después, siguió paseándose por la sala durante otra media hora, hasta que desapareció.
En clases sucesivas, Tsu-an tuvo motivos para acrecentar su alarma. El astrónomo y poeta Yüé Ts'ing proponía nada menos que la abolición del horóscopo, una actividad que ocupaba a miles de funcionarios. El argu­mento era éste: "no es posible saber lo que le va a ocurrir a cada uno".
Yüé Ts'ing soñaba con una paz que, según él, podía alcanzarse simple­mente evitando la lucha. No se trataba de negociar ni de conciliar, bastaba con eludir perpetuamente la confrontación. Su arte poética se complacía en los llamados versos sin conflicto, que evitaban todo choque y a menu­do toda anécdota.
Aquella sombra es Mién Shi,
el vendedor de máscaras.
Pero también podría ser un pájaro,
o un dragón o una torre distante.
Tsu-an comprendió que todos estos pensamientos configuraban una grave traición al Emperador y que merecían un inmediato escarmiento. Envió nuevos correos a la capital.
Una tarde en que Tsu-an creía estar realizando abluciones en una casa de baños, comprobó que se encontraba asistiendo a una importante reunión política. Un grupo de geómetras e intelectuales opositores a Wu Chang manifestaba su indignación y su encono. La pasividad de la escuela era causa de numerosas calamidades. Ya no se publicaban calendarios y los agricultores equivocaban los tiempos de la siembra. Siguiendo la idea de que ninguna conducta es preferible, las muchedumbres habían abandonado las regularidades cotidianas que son indispensables para vivir en sociedad.
Los intelectuales rebeldes aprovecharon la presencia de Tsu-an y lo convidaron a formar parte del grupo. Le confesaron que su máxima aspiración era asesinar a Wu Chang y restaurar la antigua Escuela de Loyang.
Tsu-an se mostró de acuerdo con aquellos propósitos, pero les hizo notar que era imposible encontrar a Wu Chang, que se hallaba oculto en un bosque de secretarías, antesalas y jerarquías dilatorias. Nadie en Loyang había visto jamás al maestro. Un matemático llamado Pa ir-shi propuso asesinar a todos los ancianos de aspecto respetable que carecieran de instrumentos para demostrar que no eran Wu Chang.
Después, los conjurados gritaron que nada era casual en el mundo, ni siquiera los modestos caprichos de una hormiga. Había que volver a los tiempos dorados del fatalismo oficial. Pa ir-shi cerró los ojos y dijo con nostalgia:
-Cuando ingresaba un alumno, los maestros ya sabíamos los resultados de sus pruebas futuras.
Tsu-an, mientras se secaba, les dijo que todo ser era alguien, aunque la naturaleza de cada personalidad y aún los hechos propios de la vida, estuvieran enteramente fuera de la voluntad y de la decisión de cada uno. Agregó que el Estado Imperial debía hacerse cargo de la acuñación de destinos funcionales a los deseos del Hijo del Cielo que eran, por definición, aquellos que más convenían al mundo todo.
Tsu-an se unió a aquellos criminales y envió urgentes mensajes a los secretarios del emperador, que por entonces ya era Chen-tsung.
Inmediatamente, comenzaron los asesinatos de ancianos de apariencia respetable. Tal cosa resultó más dificil de lo que parecía. Nadie era enteramente un anciano respetable en Loyang, como nadie era del todo un alumno ni un ordenanza ni un cocinero. Para no permanecer en una inacción que reputaban cómplice, los conjurados de la sala de baños cometieron algunos crímenes sin preocuparse mucho de la identidad de sus víctimas.
En K'ai Feng, la administración imperial se enredaba en su propia complejidad.
El mundo obedecía las órdenes del emperador, pero los caminos que seguía la voluntad del Hijo del Cielo eran demasiado largos y propensos al extravío. Muchas veces, el castigo o la recompensa alcanzaban a personas y comarcas equivocadas.
Durante largos años, Tsu-an no recibió ninguna ayuda ni comunicación de la capital. En una ocasión, fue visitado por un grupo de oficiales que le pidieron instrucciones para deponer al gobernador. Tsu-an les explicó que él no había solicitado tal cosa y los hombres se marcharon hacia otras provincias.
Pasó el tiempo. El enviado imperial envejeció esperando señales. Mientras tanto, asistía a todas las clases de la Escuela de la Piedra de Loyang. Se convirtió en una de las personas más versadas en aquellas doctrinas. Las autoridades le ofrecieron una cátedra y le permitieron enseñar el pensamiento de Wu Chang, sin sospechar que aquel hombre planeaba la aniquilación de la Escuela.
Por las noches, Tsu-an se reunía secretamente con los criminales de la casa de baños y, cada tanto, asesinaban a un viejo.
Un día, vinieron a enterarse de que Wu Chang había muerto mucho tiempo atrás, aplastado por un alud.
Las épocas siguientes fueron desdichadas. Sequías e inundaciones empobrecieron la provincia. Loyang se llenó de mendigos. La Escuela casi desapareció. Los maestros emigraron y los jóvenes perdieron interés en cualquier tipo de educación.
Tsu-an enfermó. Tuvo que abandonar todas sus actividades. Sus antiguos discípulos solían visitado en su habitación y le obsequiaban modestas golosinas. Ellos contemplaba en silencio y al fin de la visita los despedía con una sonrisa.
El día en que Tsu-an cumplía noventa años, sus alumnos se presentaron tumultuosamente ante él y le contaron que habían llegado tropas de K'ai Feng. Los soldados venían acompañados por funcionarios imperiales y maestros de la administración que tenían orden de destruir la Escuela de Loyang y reemplazarla por un nuevo establecimiento. En verdad, no encontraron mucho que destruir, apenas un pabellón ruinoso y unos ancianos profesores que vendían limones y contestaban adivinanzas.
Tsu-an recibió aquellas noticias con indiferencia. Unos días después, se presentó ante él el nuevo director de la Escuela de la Piedra de Loyang en persona.
-El horóscopo y el calendario han sido restaurados -informó-o La pasividad y la negación extrema serán castigadas con rigor. Volveremos a nombrar y a contar con la mayor precisión. Sostendremos violentamente que cada persona es distinta y que todos cumplen exactamente un destino, que es irrenunciable o imposible de modificar o intercambiar.
Tsu-an hizo una reverencia y murmuró:
-Alabado sea el Benefactor del Mundo, el ilustre emperador T'ai-tsung y su ministro Li Kuan.
El nuevo director le explicó que T'ai-tsung ya no era el emperador y que tampoco Li Kuan era el ministro. En pocas palabras señaló los cambios que se habían producido en las más altas esferas del poder. Después le preguntó qué recompensa deseaba por su trabajo. Tsu-an le dijo que volviera al día siguiente, ya que en ese momento sus deseos eran más bien inciertos.
Cuando el director regresó, Tsu-an había muerto. Sin embargo, algunos historiadores señalan que Tsu-an vivió muchos años más y que fue director honorario de la nueva Escuela de Loyang.
Más recientemente, un grupo revisionista ha sostenido que la muerte de Tsu-an se produjo mucho antes de la llegada de las tropas de K'ai Feng.
Profesores franceses prefieren creer que Tsu-an no ha existido nunca y que es en realidad una comodidad destinada a hacer comprender pensamientos antagónicos.

sábado, 26 de enero de 2008

"Perdidos en el desierto", relato de Eduardo Belgrano Rawson


Por esta temporada estival, el matutino Clarín de Buenos Aires publica en su suplemento Verano de los viernes relatos de Eduardo Belgrano Rawson (ver posts del 3 y 8 de enero). por acá, afectos a los textos cortos de ficción de cierta calidad, los aprovechamos.

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Perdidos en el desierto

Voy a hacer la valija para salir bien tem­prano. Tengo que poner las camisas y el sombrero Boongala que traje de Nue­va Zelanda. Ya cerré la llave de paso. Ahora voy a dejarle una nota a la señora que limpia. Luego voy a tirarme un rato. ¿Qué haré al final con el gato? Es una criatura perversa que ni siquiera se deja agarrar, pero después de todo vive en mi casa. Difícilmente yo alcance a pegar los ojos, mientras repaso mi recorrido. ¿Quién me mandó a meterme en esto? Es lo que aún me pre­gunto.
Me vendrá a la cabeza, supongo, aquella maestra que nos hacía dibujar en la escuela unos primorosos mapas de la Argentina donde metíamos media Eu­ropa. Uno debía esmerarse para meter todos los países posibles. Siempre quedaría algún hueco pa­ra Portugal o Checoslovaquia y también para Bélgi­ca y Dinamarca. Una vez llegamos a poner doce países. La maestra, o sea la Berta Chávez, era un rayo para estas cosas. Movía el principado de Mó­naco, cambiaba Grecia por Luxemburgo y ya tenía lugar para otro. Era increíble que entrara todo eso. Si media Europa cabía aquí y encima sobraba espa­cio, ¿quién podía preocuparse por el futuro?
Qué desilusión si alguien nos hubiera avisado que hacían falta tres países como éste para llenar el Brasil. Pero no había peligro de atrocidad semejante, ya que pocos maestros de entonces hubieran osado proporcionamos de un dato tan subversivo. Corrían los tiempos de Juan Perón y la escuela seguía sien­do un altar patriótico. Llevábamos luto por Eva y cada mañana hacíamos un minuto de silencio por ella y leíamos el manual que había escrito para no­sotros. A continuación, la Berta se descolgaba con su cartografía nacionalista. La avenida más larga del mundo cruzaba por Buenos Aires y el más ancho de todos los ríos de la galaxia era el Río de la plata. Tal vez las cataratas del Iguazú no fueran las más altas de todas, pero eran las más majestuosas. ¿Y saben qué? "Pobre Niágara", murmuró un presi­dente norteamericano apenas se las mostraron. Nosotros vivíamos prácticamente en el culo del mundo, así que se puede calcular nuestro asombro ante semejantes revelaciones.
La Berta Chávez, en cuanto agotaba su repertorio de récords, se dedicaba a la inmensidad de la pam­pa. Decía que sólo cien años antes, el desierto em­pezaba cerca de casa. En realidad no era un verda­dero desierto. pero así designaban entonces al territorio en poder de los indios.
En tiempo de los salvajes, un presidente argenti­no era una cruza de general con latifundista. De modo que conocía perfectamente la dimensión del negocio. La conquista del desierto, si uno le hacía caso a mi viejo, no había pasado de ser una opera­ción inmobiliaria con visos de redada policial. Pero mi viejo era un profesor anarquista que puteaba a Dios y a María Santísima, de modo que yo me hu­biera tragado la lengua antes de repetir sus diatribas. Ella estaba tan orgullosa de su pasado como de su culo maravilloso. No quería mortificada con el mal­humor de mi viejo, que sostenía a capa y espada que la conquista se decidió de un plumazo cuando la gente ligada al gobierno empezó a comprar a cuen­ta la tierra que se robaría a los indios.
Según mi viejo, así nacieron aquellas estancias que deslumbraban a mi maestra. Para la Berta, no había modo de describirlas. A veces iban desde la cordillera hasta el mar y se parecían más a un país que a una estancia. Una familia entrerriana tenía un campo con medio millón de vacas, pero en la Patagonia había estancias varias veces más gran­des.
En tamañas inmensidades, un arreo de ganado podía ser algo serio. A la Berta le encantaba ocupar­se de los arreos en gran escala. Una vez su abuelo había partido con una manada desde la costa del mar en dirección a la cordillera y recién ocho años más tarde había llegado a destino con los bisnietos de sus ovejas.
De modo que mi mayor obsesión fueron esos pa­rajes que pintaba la Berta Chávez. A lo mejor yo ya estaba pensando en mi viaje. No sé cuándo empecé con esto. También ignoro por qué lo hago. ¿A quién podría importarle? Pero seguro que de movida ya fantaseaba con aquellas regiones sombrías que lin­daron alguna vez con mi casa. Es curioso, por lo tanto, que en estos años no haya logrado escribir una sola línea sobre el desierto, que tanto me des­velaba.
Zambullirse en aquellos sitios debe haber sido horrible. La Berta nos hacía leer un libro. Qué im­presión, decía el loco Sarmiento, debía causar a la gente el simple acto de clavar la mirada a lo lejos y no ver prácticamente nada. Porque a medida que hundieran los ojos en aquella franja vaporosa, se­rían atacados por la fascinación y la duda. ¿Dónde terminaría aquel mundo impenetrable? ¿Qué habría más allá del horizonte? La soledad, el peligro, la muerte. El que llegara a pasar por ahí, aseguraba, sería asaltado por pesadillas que lo harían soñar despierto.
Bueno, creo que ya he juntado el coraje para man­darme al desierto. Posiblemente parta muy pronto. Sólo me queda pendiente ese asunto del gato. Si vuelvo algún día de aquellos páramos espero feste­jarlo con ustedes. No sé qué traeré de ahí adentro.
Mejor no pidan detalles, porque yo mismo los des­conozco. Hay secuencias que podría adelantarles, que acaso no tengan la menor importancia, que tal vez ni siquiera traiga de vuelta.
Una es un caldén solitario, el árbol sagrado de los indios que cruzaban el desierto. ¿ Puedo mostrar la escena? Acaba de salir el sol. De lejos parece un árbol florido, porque cada indio que pasa deja col­gado algún pedacito de género de cualquiera de sus ramas. Trae muy mala suerte olvidar esa ceremonia, de modo que nadie deja de poner algo. ¿Y eso es todo?, dirán ustedes. Eso es todo. Un árbol con flo­res de género. Tal vez no parezca mucho como pa­ra largarse al desierto, pero son esas pequeñas vi­siones las que lo llevan a uno a salir de casa, a cargar el tanque de antimateria y remontarse al espacio.
La otra escena transcurre en los últimos días de las expediciones militares, cuando unos soldados ingresan en los bosques de Potrillo Oscuro donde se refugia Pincén, el más revoltoso de los caciques. Al final se les escurrirá de las manos, pero un par de soldados que andan a la deriva encuentran a un anciano de más de cien años, reducido a la altura de un sable, que yace sobre unos cueros de oveja, casi momificado pero todavía vivo. ¿Qué podían hacer los pobres ante semejante descubrimiento?
Pues levantarlo y llevárselo. Uno lo toma en sus brazos, lo cruza sobre el caballo y lo lleva por el desierto. Habrán pensado que el indio los llevaría a la fama. Pronto descubrirán, sin embargo, que no pueden seguir con eso. No siquiera saben cómo da de comer a esa criatura reducida a la piel y los huesos que no pronuncia palabra y solamente los mira. Sospechan que acaban de cometer un error. Se sienten como esos turistas que llenan de artesanías para su living y descubren al pie del avión que no podrán subirlas a bordo. Entonces los soldados desmontan y depositan al viejo al costado del camino.Luego se van a galope tendido.Puede que estas escenas no signifiquen nada. Tal vez termine por olvidadas. Pero son la clase de imá­genes que uno precisa para internarse en los mares desolados. Sólo la esperanza de ver un árbol florido en la mitad del desierto puede llevado a uno a re­servar el pasaje. También me gustaría encontrar a ese indio del alto de un sable que aquella gente de­jó tirado a la vera del camino.

Tengo otro viaje en puerta. Primero voy a subir a quinientos metros. Iré en compañía de alguien que tripula un globo cautivo. Este hombre contempla desde lo alto la guerra más sucia que sostuvimos. Duró casi tanto como la Segunda Guerra del Mun­do. El Paraguay era entonces un honrado país go­bernado por un psicópata. El tipo tuvo la mala ocu­rrencia de tomarnos un pueblito ribereño. Era una especie de general argentino lanzándose sobre las Malvinas. Nuestras tropas lo desalojaron de un via­je. Ahí podría haber terminado todo.
Podríamos haber pedido reparación diplomática, podríamos haber exigido que desagraviaran nuestra bandera.
Hasta podríamos haber sacado unos pesos. Pero resolvimos que era preciso salvar a la Democracia. Como si los ingleses, luego de retomar las Malvinas, hubieran resuelto seguida acá. Nuestro presidente había bravuconeado en público. "En una semana en los cuarteles, en un mes en campaña, en tres meses en Asunción". Pero aunque llevábamos a los brasileños de socios y éstos tenían la cuarta flota del mundo, un montón de acorazados y otros barcos por el estilo, tardamos cinco años en llegar a la ca­pital, y eso que los paraguayos peleaban descalzos. Arrasamos el país y apenas dejamos veinte mil pa­raguayos vivos.
Fue peor que la guerra de Vietnam. Meloneados por los ingleses, masacramos a toda esa gente her­mosa. Después de la guerra, en Asunción había más mendigos que otra cosa. Nuestra vergüenza llegó a tal grado que fuimos dejando la guerra de a poco y cuando tomamos la capital estábamos reducidos a una triste columna que desde el otro lado del río se limitaba a contemplar el saqueo de los brasileños.
Voy a subir al globo para echar un vistazo desde lo alto. Como se me ocurre en la víspera, estoy repasando los diarios de otros viajeros, tal vez en busca de alguna fórmula mágica. Hace un tiempo leí que Arthur Millar ya no se apostaba frente a la máquina de escribir. Sólo se quedaba en la en la silla por si acaso la encontraba, que es algo absolutamente distinto.
Al gato vaya abrirle la puerta. Después de todo nunca me quiso. Mi viejo fue la única persona del mundo por quien llegó a sentir algo. A su muerte se metió en el cajón con él y no hubo manera de sacado. Sólo al presentir que soldarían la tapa salió afuera de un salto,
Por eso sé que apenas abra la puerta se perderá para siempre en la noche. Recién entonces voy a cerrar la casa. Quizá deje encendida la luz del por­che, mientras me calzo el Boongala, Al bolso lo agarraré con la izquierda, para dejar libre la otra mano. Luego saldré a la calle,
Voy a quedarme inmóvil un rato, hasta que me acostumbre a las sombras. Este barrio ha cambiado mucho.
Voy a mirar a uno y otro lado.
Capaz que vuelva a verificar si he cerrado con lla­ve.
Siempre me pasa lo mismo.
Ando con tantas vueltas porque estoy cagado de miedo.
Ustedes saben bien cuánta gente jamás volvió del desierto.
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martes, 22 de enero de 2008

Otro relato del argentino Alejandro Dolina

Con "Balada de la primera novia", Ñ, la revista de cultura del grupo Clarín, abrió su serie Grandes Relatos del verano 2008. Ya publicamos en este blogcito "Ankar y Lusig", y seguiremos en una semana con "La escuela de la piedra de Loyang". Los números de ingresos a las páginas nos dicen que hallamos un buen sendero a caminar, tal como ocurre con las ficciones Eduardo Belgrano Rawson.


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Balada de la primera novia

El poeta Jorge Allen tuvo su primera novia a la edad de doce años. Guarden las personas mayores sus sonrisas condescendientes. Porque en la vida de un hombre hay pocas cosas más serias que su amor inaugural.
Por cierto, los mercaderes, los Refutadores de Leyendas y los aplicadores de inyecciones parecen opinar en forma diferente y resaltan en sus discursos la importancia del automóvil, la higiene, las tarjetas de crédito y las comunicaciones instantáneas. El pensamiento de estas gentes no debe preocupamos. Después de todo han venido al mundo con propósitos tan diferentes de los nuestros, que casi es imposible que nos molesten.
Ocupémonos de la novia de Allen. Su nombre se ha perdido para nosotros, no lejos de Patricia o Pamela. Fue tal vez morocha y linda.
El poeta niño la quiso con gravedad y temor. No tenia entonces el cínico aplomo que da el demasiado trato con las mujeres. Tampoco tenía -ni tuvo nunca- la audacia guaranga de los papanatas.
Las manifestaciones visibles de aquel romance fueron modestas. Allen creía recordar una mano tierna sobre su mentón, una blanca vecindad frente a un libro de lectura y una frase, tan sólo una: "Me gustás vos." En algún recreo perdió su amor y más tarde su rastro.
Después de una triste fiestita de fin de curso, ya no volvió a verla ni a tener noticias de ella.
Sin embargo siguió queriéndola a lo largo de sus años. Jorge Allen se hizo hombre y vivió formidables gestas amorosas. Pero jamás dejó de llorar por la morocha ausente.
La noche en que cumplía treinta y tres años, el poeta supo que había llegado el momento de ir a buscarla.
Aqui conviene decir que la aventura de la Primera Novia es un mito que aparece en muchisimos relatos del barrio de Flores. Los racionalistas y los psicólogos tejen previsibles metáforas y alegorías resobadas. De ellas surge un estado de incredulidad que no es el más recomendable para emocionarse por un amor perdido.
A falta de mejor ocurrencia, Allen merodeó la antigua casa de la muchacha, en un barrio donde nadie la recordaba. Después consultó la guía telefónica y los padrones electorales. Miró fijamente a las mujeres de su edad y también a las niñas de doce años. Pero no sucedió nada.
Entonces pidió socorro a sus amigos, los Hombres Sensibles de Flores.
Por suerte, estos espíritus tan proclives al macaneo metafísico tenian una noción sonante y contante de la ayuda.
Jamas alcanzaron a comprender a quienes sostienen que escuchar las ajenas lamentaciones es ya un servicio abnegado. Nada de apoyos morales ni palabras de aliento. Llegado el caso, los muchachos del Angel Gris actuaban directamente sobre la circunstancia adversa: convencían a mujeres tercas, amenazaban a los tramposos, revocaban injusticias, luchaban contra el mal, detenian el tiempo, abolían la muerte. Así, ahorrándose inútiles consejos, con el mayor entusiasmo buscaron junto al poeta a la Prirnera Novia.
El caso no era fácil. Allen no poseía ningun dato prometedor. Y para colmo anunció un hecho inquietante:
- Ella fue mi primera novia, pero no estoy seguro de haber sido su primer novio.
- Esto complica las casas -dijo Manuel Mandeb, el polígrafo-. Las mujeres recuerdan al primer novio, pero dificilmente al tercero o al quinto.
El músico Ives Castagnino declaró que para una mujer de verdad, todos los novios son el primero, especialmente cuando tienen carácter fuerte. Resueltas las objeciones leguleyas, los amigos resolvieron visitar a Celia, la vieja bruja de la calle Gavilán. En realidad, Allen debió ser llevado a la rastra, pues era hombre temeroso de los hechizos.
- Usted tiene una gran pena -gritó la adivina apenas lo vio.
- Ya lo sé señora ... digame algo que yo no sepa ...
- Tendrá grandes dificultades en el futuro ...
- Tambien lo sé ...
- Le espera una gran desgracia ...
- Como a todos, señora ...
- Tal vez viaje.
- 0 tal vez no.- Una mujer lo espera.
- Ahí me va gustando... ¿Donde esta esa mujer?
- Lejos, muy lejos ... En el patio de un colegio. Un patio de baldosas grises.
- Siga ... con eso no me alcanza.
- Veo un hombre que canta lo que otros le mandan cantar. Ese hombre
sabe algo ... Veo tambien una casa humilde con pilares rosados.- ¿Que más?
- Nada mas ... Cuanto más yo le diga, menos podrá usted encontrarla.
Vayase. Pero antes pague.
Los meses que siguieron fueron infructuosos. Algunas mujeres de la barriada se enteraron de la búsqueda y fingieron ser la Primera Novia para seducir al poeta. En ocasiones Mandeb, Castagnino y el ruso Salzman simularon ser Allen para abusar de las novias falsas.
Los viejos compañeros del colegio no tardaron en presentarse a reclamar evocaciones. Uno de ellos hizo una revelacion brutal.
- La chica se llamaba Gómez. Fue mi Primera Novia.
-¡Mentira! -gritó Allen.- ¿Por que no? Pudo haber sido la Primera Novia de muchos.Entre todos lo echaron a patadas.
Una tarde se presentó una rubia estupenda de ojos enormes y esforzados breteles. Resultó ser el segundo amor del poeta. Algunas semanas después apareció la sexta novia y luego la cuarta. Se supo entonces que Jorge Allen solía ocultar su pasado amoroso a todas las mujeres, de modo que cada una de ellas creía iniciar la serie.
A fines de ese año, Manuel Mandeb concibió con astucia la idea de organizar una fiesta de ex-alumnos de la escuela del poeta.
Hablaron con las autoridades, cursaron invitaciones, publicaron gacetillas en las revistas y en los diarios, pegaron carteles y compraron masas y canapés.
La reunión no estuvo mal. Hubo discursos, lágrimas, brindis y algún reencuentro emocionante. Pero la chica de apellido Gómez no concurrió.
Sin embargo, los Hombres Sensibles -que estaban allí en calidad de colados- no perdieron el tiempo y trataron de obtener datos entre los presentes.
El poeta conversó con Inés, compañera de banco de la morocha ausente.
- Gómez, claro -dijo la chica-. Estaba loca por Ferrari.
Allen no pudo soportarlo.
- Estaba loca por mí.
- No, no ... Bueno, eran cosas de chicos.
Cosas de chicos. Nada menos. Amores sin cálculo, rencores sin piedad, traiciones sin remordimiento.
El petiso Cáceres declaró haberla visto una vez en Paso del Rey. Y alguien se la había cruzado en el tren que iba a Moreno.
Nada más.
Los muchachos del Angel Gris fueron olvidando el asunto. Pero Allen no se resignaba. Inútilmente buscó en sus cajones algún papel subrepticio, alguna anotacion reveladora. Encontró la foto oficial de sexto grado. Se descubrió a sí mismo con una sonrisa de zonzo. La morochita estaba lejos, en los arrabales de la imagen, ajena a cualquier drama.
- iAy, si supieras que te he llorado ... ! Si supieras que me gustaria mostrarte mi hombría ... Si supieras todo lo que aprendí desde aquel tiempo ...
Una noche de verano, el poeta se aburría con Manuel Mandeb en una churrasquería de Caseros. Un payador mediocre complacía los pedidos de la gente.
- Al de la mesa del fondo Ie canto sinceramente ... De pronto Allen tuvo una inspiracion.
- Ese hombre canta lo que otros Ie mandan cantar.
- Es el destino de los payadores de churrasquería.
- Celia, la adivina, dijo que un hombre asi conocía a mi novia ...
Mandeb copó la banca.- Acérquese, amigo.
El payador se sentó en la mesa y aceptó una cerveza. Después de algunos vagos comentarios artísticos, el polígrafo fue al asunto.
- Se me hace que usted conoce a una amiga nuestra. Se apellida Gómez, y creo que vivia por Paso del Rey.
- Yo soy Gómez -dijo el cantor-. Y por esos barrios tengo una prima. Después pulsó la guitarra, se levantó y abandonando la mesa se largó con una decima.
- Acá este amable señor
conoce una prima mía
que según creo vivía
en la calle Tronador.
Vaya mi canto mejor
con toda mi alma de artista
tal vez mi verso resista
pa`saludar a esta gente
y a mi prima la del puente
sobre el Río Reconquista.
Durante los siguientes días los Hombres Sensibles de Flores recorrieron Paso del Rey en las vecindades del río Reconquista, buscando la calle Tronador y una casa humilde con pilares rosados. Una tarde fueron atacados por unos lugareños levantiscos y dos noches después cayeron presos por sospechosos. Para facilitarse la investigación decían vender sábanas. Salzman y Mandeb levantaron docenas de pedidos.
Finalmente, la tarde que Jorge Allen cumplía treinta y cuatro años, el poeta y Mandeb descubrieron la casa.
- Es aquí. Aquí están los pilares rosados.
Mandeb era un hombre demasiado agudo como para tener esperanzas.
- No me parece. Vámonos.
Pero Allen tocó el timbre. Su amigo permaneció cerca del cordón de la vereda.
- Aqui no es, rajemos.
Nuevo timbrazo. AI rato salió una mujer gorda, morochita, vencida, avejentada. Un gesto forastero Ie habitaba el entrecejo. La boca se Ie estaba haciendo cruel. Los años son pesados para algunas personas.
- Buenas tardes -dijo la voz que alguna vez habia alegrado un patio de baldosas grises.
Pero no era suficiente. Ya la mujer estaba más cerca del desengaño que de la promesa.
Y allí, a su frente, Jorge Allen, mas niño que nunca, mirando por encima del hombro de la Primera Novia, esperaba un milagro que no se producía.
- Busco a una compañera de colegio -dijo-. Soy Allen, sexto grado B, turno mañana. La chica se llamaba Gómez.
La mujer abrió los ojos y una niña de doce años sonrió dentro suyo. Se adelantó un paso y comenzó una risa amistosa con interjecciones evocativas. Rápido como el refucilo, en uno de los procedimientos más felices de su vida, Mandeb se adelantó.
- Nos han dicho que vive por aqui ... Yo soy Manuel Mandeb, mucho gusto.
Y apretó la mano de la mujer con toda la fuerza de su alma, mientras Ie clavaba una mirada de suplica, de inteligencia o quizas de amenaza.
Tal vez inspirada por los angeles que siempre cuidan a los chicos, ella comprendió.
- Encantada -murmura-. Pero lamento no conocer a esa persona. Le habran informado mal.
- Por un momento pensé que era usted -respira Allen-. Le ruego que nos disculpe.
- Vamos -sonrió Mandeb-. La señora bien pudo haber sido tu alumna, viejo sinvergüenza ...
Los dos amigos se fueron en silencio.
Esa noche Mandeb volvió solo a la casa de los pilares rosados. Ya frente
a la mujer morocha Ie dijo:
- Quiero agradecerle lo que ha hecho ....
- Lo siento mucho ... No he tenido suerte, estoy avergonzada, míreme ....
- No se aflija. El la seguirá buscando eternamente.
Y ella contesta, tal vez llorando:
- Yo también.
- AIgun día todos nos encontraremos. Buenas noches, señora.
Las aventuras verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive. En ese único sentido es indispensable buscar a la Primera Novia. El hombre sabio debera cuidar -eso sí- el detenerse a tiempo, antes de encontrarla.
El camino está lleno de hondas y entrañables tristezas. Jorge Allen siguió recorriéndolo hasta que el mismo se perdía en los barrios hostiles junto con todos los Hombres Sensibles.

domingo, 20 de enero de 2008

Un aprendiz de Stalin argentino que quiere jugar con los bolsillos populares

"Si la verdad está contra César, peor para la verdad". Parece que la frase, diseñada para grabar en oro y bronce la necesidad institucional de la alcahuetería, la acuñó un senador romano.El secretario de Comercio Interior argentino, Guillermo Moreno, debe tenerla muy en cuenta cada mañana cuando recuerda su misión principal de paladín de la lucha contra la inflación.
Antier tuvo algo más que una idea. Una gran idea, una ideota.
Al fin de cuentas, ¿qué es la inflación? Un número. Pues bien. Terminemos con ese número, y se acabaron las discusiones y no habrán más indices mensuales de inflación.
Si no nos creen, lean, por favor.
Un pequeñísimo paréntesis de seriedad, nos obliga a ser algo optimistas ante tanta estulticia desembozada. Los analistas políticos más avezados están divididos entre quienes creen vislumbrar un alarido triunfal de Atila ante Roma, y quienes opinan que su anuncio es un canto del cisne de un burócrata con ambiciones de hombre fuerte a la espera del telegrama de despido.

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La estrategia del polémico secretario de Comercio Interior

El funcionario, que se siente fortalecido, pretende sacar la suba de precios de la discusión pública

LANACION.com Economía Sábado 19 de enero de 2008


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viernes, 18 de enero de 2008

COLOMBIA: el decadente club de farcos y bandidos


La nota aparecida ayer 18 de enero, sostenida con el soporte gráfico de El País de Madrid y La Nación de Buenos Baires, es un paso adelante para comprender algunos claroscuros de la tragedia colombiana.
Desde los setentas y hasta hoy, Joaquín Villalobos, jefe del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) salvadoreño y luego del FMLN (Frente Farabundo Martí de Liberación) es un personaje controvertido de la historia política salvadoreña.

Junto a su compañero Roque Dalton -poeta, carismático, revolucionario e inconmovible enemigo del stalinismo, el maoísmo y sus trapicheos- fueron ambos cofundadores del ERP.
El hijo del dirigente revolucionario y poeta Roque Dalton, Jorge Dalton, acusa directamente a Villalobos de ser el autor intelectual y material de la muerte de su padre, el 10 de mayo de 1975 de un tiro en la nuca en una "casa de seguridad" del ERP en la capital salvadoreña. Su cadáver -afirma Jorge- fue dejado a merced de los animales carroñeros en una planicie de roca volcánica llamada "el playón", sitio frecuentemente usado por los "escuadrones de la muerte" de la dictadura militar de entonces para deshacerse de sus víctimas.
En los acuerdos de paz de 1992, señala Jorge Dalton (ver La Noche de los Asesinos, Revista Cultura de El Salvador - CUBANET, Octubre 2005).
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LANACION.com Exterior Viernes 18 de enero de 2008