lunes, 11 de febrero de 2008

El París-Dakar en la Argentina. Mirá si se lo iba a perder la primera dama...


Es cierto que Argentina, al menos, siempre ha sido una plaza fuerte en lo que hace al automovilismo deportivo.
El maximae maximorum (no me pidan que repita el latinazgo) del deporte de los fierros de Post Guerra Mundial II fue el Gran Premio de Carretera 1948 -épica locura de 14 etapas entre Buenos Aires hasta la ciudad de Caracas tras 9.576 kilómetros de recorrido.
Aun hoy, sesenta años de por medio, el nombre popular de la Buenos Aires-Caracas sigue siendo un sinónimo de la desmesura.
Para las nuevas generaciones de tuercas, en cambio, y a partir del resurgimiento económico de Europa, el sitial de lo más se lo apropiaron la Fórmula Uno y sus antecesoras y el Campeonato Mundial de Rally, cuyo crecimiento mediático hizo al desafío anual un evento anual por sí mismo, hasta con reglas propias
Pues bien: el Rally y su mejor estandarte, la París-Dakar, acaba de firmar su propia acta de defunción.
Los crecientes problemas de la prueba, tachonados de muertes de espectadores y participantes, se juntaron con la degollina de cuatro turistas europeos a manos de grupos armados irregulares obligaron a bajar el telón a la espera de mejores tiempos.
¿Y qué tendrá que ver todo esto con la supervivencia de un X-sport (deporte extremo)?
Que el Rally y el Grand Prix de calle, o carretera, recordaron aquella locura sexagenaria llamada Buenos Aires-Caracas y su heredera París-Dakar tendrá su nueva generación en el Rally Argentina-Chile, sin cambiar de nombre. Algo así como el Dakar Chileno Argentino.
Un parto de los montes, que le llama nuestra lengua madre. Claro que con una vitalidad propulsión a euros en cantidades alucinantes. Los norte-americanos tienen su propio circo tracción a dólares.
Y acá viene la historia. La cuestión, en Argentina, fue manejada por sus dueños como cualquiera acción comercial-financiera-promocional de cierta envergadura.
Pero no. Llegada la cuestión a estamentos oficiales argentinos, nuestro Poder Ejecutivo (más corto: la señora K) debe haber pensado algo así como: "¿Auspiciante? ¡Or-ga-ni-za-do-ra! Digo... or-ga-ni-za-dor. ¡El Estado Protagonista!
Y ahí empezó el jaleo. Encima, deben haber encerado los pisos el domingo y habrá habido varios cadetes, subsecretarios y ministros fuera de pista en cada recodo de la gran casona rosa-fashion de la calle Balcarce al 50.
Todo para llegar al mediodía del martes con Su Anuncio (personal,¿eh? in situ, ad hoc, de visu, urbi et orbi), de Su París-Dakar-Buenos Aires.
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Cristina anuncia la llegada del Rally Dakar criollo (Perfil.com-click aquí)

sábado, 9 de febrero de 2008

Clinton-Obama: dime qué subes y te diré quién eres.

Demasiadas órdenes de la señora ¿no?

Noam Cohen, columnista estrella en temas de tecnología de The New York Times, en plena cresta de la ola de las primarias demócratas analiza desde las entretelas de las ciencias (?) de la comunicación a la presencia de los dos hasta hoy supérstites de los combates del "supermartes" a través del estudio de sus estrategias desplegadas... en la web.
Puede sonar extravagante, pero el amigo Cohen logró en pocas líneas una creativa línea de ensayo y un texto divertido sobre un tema que, en manos de cualquiera del ejército de opinólogos profesionales disponibles podría haber haber terminado en un "salpicón" de gerundios. Un poco de tino y de buen gusto, en estos menesteres, hacen milagros. Clarín de Buenos Aires publica hoy el trabajo de Cohen y el resultado fue lo que sigue.
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En términos de estilo, Obama
es una Mac y Clinton una PC
Ensayo, por Norman Cohen (TNYT)

Los periodistas que cubren la campaña de los dos demócratas que siguen en carrera, Hillary Clinton y Barack Obama, ya recurrieron a los tradicionales análisis del estilo de cada uno de ellos, comentando como visten, hablan o ríen.
Sin embargo, según los especialistas en diseño, estos candidatos muestran una clara impronta de su estilo personal -tal vez una ventana a su alma- en sus sitios web.
Las diferencias entre hillaryclinton.com y barackobama.com pueden resumirse de la siguiente forma: Barack Obama es una Mac y Hillary Clinton una PC. Eso equivale a decir que el sitio de Obama es más armonioso, que tiene más espacio en blanco y una gama suave de azules. Su barra de tareas, que recuerda la del sitio iTunes de Apple, indica que se la pensó para un público más joven, que se siente cómodo con la tecnología.
"En el sitio de Obama todos los elementos están integrados con fluidez. Es como la experiencia de usar un programa en una computadora Macintosh", dice Alice Twemlow, directora de la carrera de Crítica de Diseño de la Escuela de Artes Visuales de Nueva York.
A diferencia de barackobama.com, el sitio de Hillary Clinton se vale de una gama más tradicional de azules oscuros, los contenidos están divididos con líneas más contundentes y utiliza íconos no descriptivos junto a los ítem de trabajo voluntario.
Emily Chang, cofundadora de Ideacodes, una firma de consultoría y diseño web, detecta mensajes consistentes: "El sitio de él es más joven. El de ella es más solemne."
En tanto, el "dinamismo" que los expertos le adjudican al sitio de Clinton puede ser estratégico. Después de todo, Hillary Clinton hace hincapié en que trabajará con empeño para el estadounidense medio.
La campaña publicitaria de Apple critica la PC, a la que personifica como un hombre exasperante vestido de traje. Sin embargo, no queda claro que aliarse con la sofisticada Mac sea una buena política. El iPod es el reproductor de música dominante, pero la Mac sigue siendo una computadora de nicho. Puede entusiasmar a un estado anticonformista como Vermont, pero perdería ante la PC en una elección nacional.

viernes, 8 de febrero de 2008

Relato de Alejandro Dolina: El juego de pelota en Ramtapur


Informes del profesor Richard Bancroft, corresponsal de la Enciclopedia Británica.

Informe 1

Mas alIá de los confines del Nepal, no lejos de Katmandú, la ciudad que fue un lago, fuera de los circuitos de las caravanas, al sur o quizá al este del río que se llama Arum, se alzan las pardas murallas de Ramtapur.
AlIi, desde hace siglos, se practica un juego colectivo de pelota. Sus orígenes son imposibles de rastrear. Probablemente se trate de una costumbre muy anterior a los tiempos de Amshurvarma, el rey más célebre de la dinastía de los Takuris.
Los complicados reglamentos carecen de interés a los efectos de esta monografía. Basta decir que dos bandos de siete hombres cada uno se enfrentan para disputar la posesión de una pequefia bola de cuero o madera, la que finalmente debe ser depositada en un lugar predeterminado.
Los juegos se realizan en la Shanga, un antiguo estadio de piedra, cuyas amplias terrazas permiten la asistencia de casi todos los habitantes de la ciudad.
Los atletas que practican el juego de pelota son hombres admirados por su destreza y vigor. Se les rinden toda clase de homenajes y les está permitido permanecer sentados aún ante la presencia del Khan de Ramtapur.
Los equipos se distinguen por el color de su kaupina, un breve taparrabos que los cubre durante la contienda. Los principales son cuatro: el verde, el naranja, el azul y el azul oscuro.
Los habitantes de Ramtapur han venido desarrollando unas predilecciones personales que los conducen a asociar sensaciones de orgullo y plenitud con el triunfo de uno solo de los equipos y la derrota del resto. La orientación de estas preferencias no responde a razones previsibles, ni sus Iímites coinciden con los de las castas, las razas o los distritos.
Durante los primeros siglos de su práctica, el juego de pelota era solamente una diversión de los principes ociosos. Pero a partir de las Nuevas Reglas de la epoca de Prithvinarayan Shah, la población se fue interesando cada vez mas en los resultados del juego hasta convertirlo en el punto central de la actividad de la región.
El viajero que lIega a Ramtapur advierte inmediatamente que todas las personas se visten o se adornan con los colores de aquel equipo al que han hecho objeto de sus deseos de triunfo.
Las imagenes de los cultos de Narayana y Rudra son perturbadas muchas veces por pañuelos y banderas. Los hinduístas murmuran el nombre de sus atletas en interminables japas cuyo propósito es, tal vez, lograr que los dioses influyan sobre el juego.
Los menos creyentes procuran ayudar ellos mismos al triunfo de su equipo concurriendo a la Shanga y adoptando una actitud hacia quienes se les oponen. Para su mejor intelección, tales amenazas se profieren bajo la fórmula de cantos rítmicos cuyas normas de versificación todos conocen. Con gran dificultad he traducido algunos:

"Más fácil le será al ínfimo intocable
ser dueño de un palacio
que a vosotros, atletas verdes,
salir hoy de la Shanga
vivos y triunfadores."

"Un deseo hallará su tumba
en estas piedras.
Es el deseo verde:
el viento llevará noticias
de su menoscabada virilidad
hasta las chozas indignas
en las que moran."

"Observen, observen, observen
esa muchedumbre de hombres ineptos
muy pronto, al egresar de este recinto,
invadiremos sus cuerpos
del modo más humillante."

"Verde, verde, verde
intolerancia, intolerancia, intolerancia."

Informe 2

Me permito recordar en esta página que en Bizancio las carreras de carros entusiasmaban a las multitudes con la misma desmesura. Los azules eran los carros de los partidarios del emperador. Los verdes pertenecían a la oposición. Se decía que eran, además, monofisitas, es decir, que negaban la naturaleza Humana úe Cristo. el emperador Justlniano protegía a los azules, pero la emperatriz Teodora era verde. En enero del 532, después de grandes disturbios y saqueos, verdes y azules se unieron en una revuelta que hizo temblar al imperio.
En Ramtapur, los asuntos políticos no tienen suficiente dimensión como para vincularse con el juego.
La población consiente la injusticia y soporta la pobreza, siempre que no se perturben sus peculiares anhelos de gloria.
La idea del honor entre los habitantes de Ramtapur es absolutamente desaforada. Toda ofensa es irreparable y casi cualquier cosa es una ofensa. Podría decirse que las cuestiones de honor están relacionadas con la idea que un hombre tiene de sí mismo. En Ramtapur, todos son capaces de admitir su condición limitada, salvo cuando consideran su simpatía por uno de los equipos del Juego. En ese caso, sus personas son de un valor infinito y los agravios que se les infieren, mortales.
Tomar en vano el nombre de un atleta es arríesgarse a ser asesinado por sus partidarios. Los objetos relacionados con cada equipo son sagrados y su profanación se paga con la vida.
Estas cuestiones dividen a las familias y colocan muchas veces al hijo contra el padre, al hermano contra el hermano y al amigo contra el amigo.
Casi todas las noches aparecen cadáveres de personas que han ofendido la dignidad de algún color. Esta clase de muerte ocupa el segundo lugar entre las más frecuentes de Ramtapur, después del aplastamiento por aludes de nieve. Las autoridades locales casi nunca intervienen y las instancias superiores son imperceptibles a causa de las distancias y las dudas jurisdiccionales.
Los artistas han abandonado para siempre los temas tradicionales. Los tallado res de maderas ya no se demoran en las arduas escenas de la lucha entre los Pandava y los Káurava. Los modeladores de arcilla dejaron de amasar las pintorescas estatuas del dios mono Hánumat. Todos ellos prefieren las figuras de los atletas, casi siempre como avatares herético s deVisnu.
Los pintores budistas de la ciudad se complacen en representar a los jugadores de pelota con centenares de brazos y numerosas cabezas y ojos, a la manera de Avalokitésvara. Los narradores de historias desprecian a los demonios, las princesas y los dragones de las literaturas clásicas para referir las hazañas de Bahadur Mukerji o de El gran Birendra, aunque tengo para mí que el mejor de todos ha sido Narasimha, el mago de los azules.

Informe 3

He sabido que algunos mercaderes acostumbran a instalar su pira funeraria en el mismo estadio de la Shanga para que sus cenizas se desparramen en ese foro y transmitan a los atletas amados fuerza, coraje y determinación. Para evitar que estos despojos vengan a beneficiar a la facción equivocada, cada equipo reserva para sus ceremonias fúnebres un sector del terreno, que los atletas pisan descalzos antes de cada justa.
Los filósofos, los mandarines y los hombres santos, especialmente los verdes, los naranjas y los del azul oscuro, se han alejado de la vida y de los senderos de salvación y se han esforzado en construir unas falsas noblezas, hijas de la sacralización de los gestos más vulgares de la plebe.
La comprensión del universo, la conquista de la sabiduría, el dominio de nuestros impulsos indignos, son vistos en todas partes como desórdenes mentales. El amor ha sido reemplazado por una modesta lujuria en los días de victoria. Toda energía debe ser consagrada al deseo. Y el único deseo es la victoria en el juego.
Adivino el estupor de lós doctores al advertir en Ramtapur pasiones tan occidentales. En Oriente, uno no es su deseo y la idea agonal del triunfo desinteresado es siempre un despropósito. Conjeturo que el juego y sus tribulaciones fueron introducidos por alguna caravana de viajeros occidentales.
Azules: el triunfo es nuestro glorioso pasado, nuestro inevitable futuro y nuestro ilusorio presente.

Informe 4

El maleficio de la civilización occidental llegó a estas remotas alturas de un modo tardío e imperfecto, pero también inexorable. La radio y la televisión de Ramtapur son hospitalarias con las bagatelas internacionales. Sin embargo, casi todas las trasmisiones están destinadas al juego de pelota y sus asuntos anexos. A lo largo de los años, los nombres de los ganadores, las fechas de sus victorias y aun las mínimas incidencias del juego, han ido formando un gigantesco y superfluo corpus de nociones en cuyo dominio se ejercitan todos los gandules de Ramtapur.
Gentes piadosas que antaño memorizaban los interminables versos del Rig-Veda se afanan ahora en repetir el nombre de los autores de las más remotas anotaciones. Alrededor de esta vana erudición cunde la controversia. El homicidio no es el argumento menos común.Escribo estas líneas sentado en el café Thâkur. De pronto, irrumpe una pandilla con la divisa naranja. Llevan la barba recortada según la última moda, hacen sonar unas grandes matracas y se abren paso a empujones. Cuando ven mi pañuelo azul, me escupen y tumban mi mesa.
Estos grupos salen a la calle a celebrar las victorias o lamentar las derrotas cometiendo robos, violaciones, saqueos y asesinatos. Todos los crímenes se cometen al son de unos instrumentos, mientras se cantan canciones como las que hemos glosado en el informe número uno.
Estos procedimientos dejan la ilusión de un rito, lo cual, para los habitantes de Ramtapur, es garantía de impunidad. Las fechorías rítmicas no son castigadas por la ley. Muchos sospechan que aprovechando este exotismo jurídico, las bandas de delincuentes se hacen pasar por fanáticos, pero yo no creo eso.

Informe 5

Recién ahora comprendo la naturaleza de la fuerza principal que empuja a los adictos al juego de pelota. Es el odio. Un odio perfecto, no contaminado por los intereses, por el afán de lucro, por la lujuria negada o por la propiedad usurpada.
Este encono artificial, construido a lo largo de generaciones, es más intenso que cualquier otro. No necesita explicación. No admite reconciliaciones. Las gentes de Ramtapur, los ricos y los menesterosos, los brahamanes y los parias, van al estadio de la Shanga a odiar. Los pobres de espíritu, incapaces de cualquier energía pasional, sienten correr por su sangre una ira más grande que ellos mismos, un furor que los posee con majestad foránea.
Reducido a su simple apariencia, a su mera caligrafia burguesa, el juego es inocente y anodino. Sólo quienes lo comprenden de verdad pueden captar su magnitud heroica. Y para comprenderlo hay que odiar. Compadezco al mero inglés que se contenta con las emociones del crocket. El que ha oído el alarido sanguinario de la Shanga ya no puede regresar. Anoche, en el defectuoso lupanar de Ramtapur, un mercader, tal vez narcotizado con hierbas de las alturas, denigró a los azules con gritos de la mayor obscenidad. Abandoné unos brazos que me acariciaban en vano para constituirme ante el ofensor.
-El caballero puede arrastrarme por el cieno, si es su deseo, ya que no soy nadie. Pero la mínima afrenta a la divisa azul se lava sólo con sangre.
Lo maté con mis manos, lentamente.

Gloria al pabellón azul,
inmundicia de perro
sobre las otras banderas.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Hillary, en su "supermartes" desalentó a tiranuelos chavistas: no al populismo

Pueda que quiera decir algo. Pueda que no. Pero la candidata demócrata que se perfila en los EEUU -otra donna, Hillary Clinton- entre las escasas pistas que arrimó acerca de los componentes de su política exterior al ganar el "supermartes", habló de su aversión a los populismos latinoamericanos.
No se trata de salir con la matraca a festejar, pero para los desnutridos cenáculos democráticos y republicanos de la región puede que éstas definiciones de HC expresen algo saludable. ¿Será cierto que los yanquis archivaron la idea de apoyar la proliferación de tiranuelos bajo la excusa de `será un hijo de p... nuestro, pero es un hijo de p... nuestro´?
Por lo menos, que se asusten un poco los (¿ex, post, cripto, filo, cuasi?) montoneros en el poder. Ya sabemos que se asustan fácil.
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Dijo que es el peor enemigo de América latina; prometió ayuda
LANACION.com Exterior Miércoles 6 de febrero de 2008


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El independiente Perfil y el proferidor de "imbecilidades". (click aquí)
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domingo, 3 de febrero de 2008

Post V: acerca del noble oficio de heraldo


Las palabras son un remedio infalible para contrarrestar los efectos del tedio. Siempre están dispuestas a hacernos creer más listos, más sabios o más justos de lo que somos con el solo recurso de hacerlas brotar de la pluma o el teclado, de abrir un libro, obra maestra o diccionario, crucigrama, o inicio de una partida de scrabel.
La Página del Idioma Español es pionera en la promoción de nuestra lengua en la Internet y en la búsqueda de nuevos espacios para nuestra lengua en la red global.
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N. del E.: El efecto ansiolíticoy balsámico de las Divinas Palabras en personalidades deprimidas por la prédica de tiranuelos criptofascistas es reconocido en los mejores centros neuropsiquiátricos del Tercer Mundo.
Úsese sin moderación.
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Sostenida por la organización no gubernamental Asociación Cultural Antonio de Nebrija, mantiene el Foro Cervantes de discusiones sobre el idioma español y el boletín de semántica y etimología La palabra del día.
Es gratuito y se obtiene en
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Quien se registre podrá recibir las novedades de la organización, ingresar al grupo de discusión, leer artículos de los colaboradores de la entidad y disponer una guía biblográfica de las publicaciones de El Castellano y organizaciones afines.Para comunicarse con miembros de la entidad:
www.elcastellano.org/formulario.html
En cada envío del boletín se incluye una palabra en español con su significado, ejemplos de su uso y una detallada etimología.
Aquí, un ejemplo de nuestra sección Divinas Palabras, tal vez la más apreciadas por sus editores, y acaso por eso de las más sacrificadas en su periodicidad. Hoy le tocó a heraldo. Y vea el lector atento por dónde tan antiguo y prestigioso vocablo resulta el padre del lunfardo porteño farabute.

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heraldo
Proviene del francés heraut, derivado del vocablo franco heriald, que significaba ‘el que dirige el ejército’, formado por heri (ejército) y waldan (ser poderoso), esta última enraizada en el indoeuropeo wald- (ser fuerte). Esa palabra puede ser hallada en antiguos textos de Escandinavia, como Haraldr, y de la Baja Alemania, con la forma Heriold. Sin embargo, las actuales Herold, del alemán, y herald, del inglés, se difundieron a partir del francés, como ocurrió, por otra parte, con esta palabra en todas las lenguas romances.
En su Diccionario español-latino (1495), Nebrija registraba faraute, ya que en aquella época el castellano cambiaba por una f la h aspirada que existía por entonces en francés. El diccionario de Nebrija se ocupa de ‘faraute de lenguas’, que es el nombre más antiguo en español de la profesión de intérprete, un significado que proviene del hecho de que el faraute había sido en cierta época un mensajero de guerra que necesitaba conocer otras lenguas para comunicarse con el enemigo o con aliados de otras tierras. Con ese sentido figura en este texto extraído de la obra anónima La vida y obras de Estebanillo González, de 1646:
Sirvióme a mí de padrino mi faraute Garci Ramires, y a el retador otro estudiante, camarada suyo. Pusiéronnos una mesa y encima della dos vasos pequeños, para que empezásemos nuestra batalla; y dos pipas y un papelón de tabaco picado, [y] un candelero con una vela encendida, para que se entretuvieran los padrinos mientras durase la refriega.
En Covarrubias (1611), el faraute era también el actor que hacía la presentación al comienzo de una comedia; pero la palabra no demoró en derivar hacia acepciones peyorativas, pues se convirtió de mensajero en ‘alcahuete’ y en ‘criado de prostitutas’. En italiano la palabra tuvo una trayectoria similar y se convirtió en farabutto, con el sentido de holgazán o bellaco, de donde pasó al lunfardo rioplatense como farabute, con el mismo significado.
Pero mientras faraute seguía esos derroteros, la forma heraldo continuaba su propio camino en español, designando al militar que marchaba al frente del ejército portando escudos y blasones, como en esta traducción de Orlando Furioso, publicada en 1549:

Un hielo cada moro se volvía,
y cualquier escocés la llama pura:
cada cristiano el brazo parecía
de Renaldo tener, y lanza dura.
Sobrino con su gente arremetía,
sin esperar heraldo o más ventura:
aquesta es la mejor de las mejores
de capitanes de armas y señores.

De heraldos como éste, que erguían el blasón de su rey para comandar el ataque, nació en francés el nombre de la heráldica, que en nuestra lengua designa el ‘arte de los blasones’. Curiosamente, en ese ir y venir que aparece con tanta frecuencia en la historia de las palabras, la voz francesa heraldique se formó a partir del latín medieval heraldus, originado, a su vez, en el francés héraut.

Hoy comamos y bebamos, y cantemos y holguemos, que mañana ayunaremos

Otra vez licencia para la imaginación. En el hemisferio Sur, los políticos cautos evitan los sofocones de las inauguraciones con el sol a plomo y, por fortuna, también optan por hablar poco. Como siempre, hablan los que no tienen nada para decir, y los que saben, callan. Doble satisfacción: nos regalamos con otro relato de Eduardo Belgrano Rawson (por cuenta del suplemento Verano del matutino Clarín de Buenos Aires) y nos enteramos de un asunto asunto de pasiones y traición decididamente rioplatenses.
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Pacheco no fue

Que de dónde sacaba yo esas basuras, me preguntó un día viernes.mi abuela. Que ella me habia lIenado de historias pero yo como si nada. Tal vez, se me ocurre ahora, porque eran demasiado redondas. Uno precisa más bien una idea que se vaya desplegando. ¿Acaso no decía el finado Chandler que a una novela se la destila?
Las conversaciones ajenas tampoco te aportan mu­cho. La gente siempre dice lo mismo. Ni siquiera de un teléfono ligado se puede sacar algo bueno. Algu­nas conversaciones parecen calcadas, como las que sostienen aquellos matrimonios deshechos cuando se reúnen a intercambiar argumentaciones torcidas en cualquier confitería del centro.
Lo que sobra son esos rumores de baja estofa que pueden oírse en el colectivo, como aquel de las ratas embandejadas que comenzaron a verse en las hela­deras de los restaurantes chinos. O esa boda famosa que terminó en un escándalo. No se si ustedes se acuerdan. Cuando el cura hizo la pregunta de prác­tica (que lo dijera 0 callara para siempre) un tipo de la última fila saltó como un escorpi6n, suponiendo que un escorpión haga eso. Después de tratarla de reputaza, le gritó de todo a la novia. A continuaci6n intervino la parentela y hubo una batalla campal en el atrio.
A veces estos rumores adquieren tal virulencia que terminan saliendo en el diario. A veces el propio diario se encarga de desmentirlos. Eso mismo sucedió con el casamiento en cuesti6n. Luego de reseñar el escándalo, la prensa dio marcha atrás. "No hubo tal casamiento", debió admitir el diario. Creo que fue La Nación. El propio cronista reflexionaba: "¿Des­de cuando preguntan en una boda si alguien tiene algo que decir?".
Mientras más suculentos vienen los chismes, mas rápido se desinflan. O resucitan periódicamente. "¿Sabes que las cloacas de Buenos Aires estan lIenas de iguanas?", oí decir a una chica. Que me cuentan. Este es un rumor reciclado que corrió por Nueva York hace como treinta años. Ahí también se les dio por desprenderse de sus mascotas. S6lo que eran caimanes en vez de iguanas. Alguien tiró unas crías al inodoro, con los efectos descriptos. Hasta hubo una película. Podría seguir con la lista, pero no vale la pena. Todas esas patrañas se olvidan en un suspi­ro. Las cosas realmente buenas jamás se transfor­man en chismes. Generalmente mueren con sus propios protagonistas.
Yo escuché algo una vez que quisiera no haber escuchado. Tenía conflicto y remate, como todo lo que contaba mi abuela. Se podría resumir en tres líneas, como exigen los buenos dramas. Tal vez a rni me lleve algo más. Mejor no diré cuando fue. Sólo puedo adelantar que vino a través del océano. Suce­dió a bordo de un buque: un típico drama del mar, si ustedes me lo permiten. Habría que ser Joseph Conrad para contarlo como es debido. Pero haremos lo que podamos.
Íbamos saliendo por el Río de la Plata en aquel velero que olia a cerdo viejo y mojado. También olía igual que mi amigo. Al estilo de mi abuela, que de­jaba un ramito de yerbabuena y poleo entre las sá­banas limpias, mi amigo siempre guardaba una vela del barco en el fondo del placar. Por eso sus camisas hedían como un remolcador del Riachue­lo.
-Yo timoneo -dijo mi amigo-. Vos escribí tranqui­lo.
Íbamos a la costa uruguaya. Mi amigo pensaba que durante aquel corto viaje uno daría comienzo, por fin, a su novela marina. Pero uno estaba marea­do. De pronto la radio dijo:
-LPQ Pacheco, LPQ Pacheco. O algo asi.
Alguien quería llamar a su casa. Tal vez un mari­no mercante. Durante la pr6xima hora nos volvería locos con sus reclamos a la emisora de enlace, una estación de la costa conocida como Pacheco. Si uno deseaba comunicarse desde el océano, debía pasar por Pacheco.
Nuestro propio equipo de radio era lo único relu­ciente en ese viejo camello. Treinta años antes había sido el mejor velero del río. Ahora estaba venido a menos. Era todo lo que le quedaba a mi amigo, des­pués de haber perdido el trabajo, su tercera mujer y un departamento en ·Palermo.
De modo que fuimos dejando atrás la costa de San Isidro, en aquel setiembre soleado. Se avecinaba una tragedia marina, pero nosotros seguíamos en el me­jor de los mundos. Era un martes por la mañana. Es lindo navegar entre semana. Conozco miles de historias sobre los floaters, vagabundos del río que, co­mo uno, salen a navegar en un día laborable. Un tipo tenía una novia en Colonia, al otro lado del río. Todos los viernes zarpaba en su velerito para ir a visitarla. Compraba una bolsa de maní en el puerto y durante la travesía, para matar el tiempo, iba te­jiendo un pulóver. Hay toda clase de gente en el río.
Entonces eran contados los yatecitos con radio.
Había que ser un magnate o un insolvente como mi amigo para tener semejante cosa. El río era un lugar amable. Hoy el éter está plagado de gente que voci­fera y putea a medio mundo. Incluso hay una seño­ra que simula a todo micrófono unos orgasmos geniales. Desde otras radios le gritan. En el canal de emergencias no cabe una palabra más. Mejor que nadie requiera auxilio. Si un día se vuelve a hundir el Titanic, aquí pasará desapercibido.
-LPQ Pacheco -dijo la voz.
Cuando el operador de Pacheco atendió la llamada del buque, le ordenó pasar al canal 25. Nosotros hi­cimos lo mismo, disponiéndonos a escuchar aquella conversación ajena que venía allende los mares. Pen­sé en lo maravilloso de llamar desde el océano Índi­co a la propia casa de uno, aun para ventilar cosas en público.
-Lo comunico -dijo Pacheco.
Cuando se produjo el contacto casi podía sentirse el resuello de cada uno. Oímos llamar el teléfono hasta que levantaron el tubo y un hombre dijo:-Hola.
Hubo un silencio aterrador.

La voz del buque sonó extrañada. -¿Quién habla? -dijo.
Otra pausa del carajo. Y entonces, con claridad, se oyó que en la casa cortaban.
-Cortaron, señor -dijo el operador de Radio Pache­co, súbitamente amable.
-¿Cómo que cortaron? ¿Usted llamó al teléfono tal?
-Sí, señor. A ese número llamé -dijo con displicencia el operador, quizá medio contento. y recitó cada uno de los seis números.
-Habrá sido equivocado ... -dijo la voz del buque.
-No, señor -dijo Pacheco.
-Pruebe de nuevo, ¿quiere?
Había un Norte tan suave que apenas lamía el agua. Mi amigo timoneaba callado, con los ojos so­bre las velas. Ahora el operador de Pacheco había caído en un frenesí de eficiencia.
Volvió a llamar tan rápido que no dio tiempo a nada. El teléfono sonó cinco veces. -Hola -dijo una voz de mujer.
-Hola -dijo la voz del buque.
Nosotros ni respirábamos.-Querido ... ¿Cómo estás?
-¿Quién atendió? -dijo la voz del buque.
-¿Cómo que quién atendió?
-Atendió un tipo.
-¡Pero no! -dijo ella- Habrá sido equivocado.
- El teléfono sonó como en casa.
-Vos estás loco.
-Apareció uno que dijo hola ...
-¡Te juro que ... !
-¡Ay, querido!
-Prefiero que me cuelguen el tubo a que me tomés por tarado.
-¡Ni siquiera sonó el teléfono!. .. -gimió ella.
Su voz sonaba desesperada. Daban ganas de abra­zarla.
-Habrá sido Pacheco -musitó.
y entonces, como una cobra que ataca, el operador de Pacheco apareció de nuevo en el aire:
- Pa - che - co - no - fue -declaró.
Cada vez que evoco este diálogo me corre un sudor por el pelo. Ha pasado bastante tiempo, pero aún me siguen sus voces (Pacheco no .fue). Me la imagino a ella en el cuarto, tumbada sobre la cama, comple­tamente desnuda, bellísima y arrepentida, enamo­rada a pesar de todo, con los ojos llenos de lágrimas. Lo veo al caballero del buque, devolviendo gentil­mente el micrófono al operador vespertino, saliendo de nuevo afuera con el aplomo de un hombre, to­mando su turno en cubierta bajo la noche estrellada. Lo veo al otro imbécil entre las sábanas, dejando arder el último pucho, maldiciéndose por lo bajo.
Otras veces me digo que las cosas no fueron así.
Que no hubo tal hombre en la cama. Que nadie col­gó el teléfono. Que todo fue una sucia maniobra del operador de Pacheco.
Pero ni yo me lo creo.

*** Los personajes de este relato pertenecen a la ficción.