miércoles, 16 de enero de 2008

Cuento del argentino Alejandro Dolina en "Ñ" de Buenos Aires

Ñ, la revista de cultura del grupo Clarín, publica este verano la edición en separatas coleccionables de Los Mejores Cuentos de Alejandro Dolina, selección de textos editados e inéditos. En un insertado tamaño tabloide, inició el sábado último la serie con Askar y Lusig .


El autor, Alejandro Dolina
Después de sus primeros años en Baigorrita, provincia de Buenos Aires, recaló con su familia en el barrio bonaerense de Caseros. Desde su adolescencia estudió musica y literatura Tambien pasó fugazmente por la Facultad de Derecho. A principios de la década del 70, trabajó como redactor publicitario. Pero su nombre empezó a trascender cuando inició sus colaboraciones con la revis­ta "Satiricón", un mensuario de ácido humor que fue c1ausurado por la entonces presiden­ta Isabel Martinez de Perón. En 1978, ya en plena dictadura, y desde la revista "Humor", inventó una mitología centrada en personajes del barrio porteño de Flores, donde aparece el Angel Gris. En 1987, escribió "Crónicas del Angel Gris", que volvieron a ser reeditadas en 1996 por la editorial Colihue, con nuevos capítulos, algunos reformados, a la vez que suprimió varios de los originales. En 2005, Planeta publico su ultimo libro, "Bar del infier­no. Es autor, ademas, de "EI libro del fantas­ma”, y "Lo que me costó el amor de Laura". Conduce "La venganza será terrible", que se emite por Radio Diez,Buenos Aires, Argentina, de martes a sabado, de 0 a 2, con la presencia de público.

Askar y Lusig

Más allá del río Amu Daria, lejos de Samarkanda pero sin llegar a Urgan­ch, la geografía es confusa. Los ríos son indecisos y parecen no saber en qué mar morirán. Las cadenas montañosas se entreveran y los valles se suceden de modo tal que resulta muy difícil diferenciar uno de otro.
No sólo los viajeros se pierden en aquellas regiones. Los propios cam­pesinos sedentarios suelen equivocar el camino de sus casas. Sólo los conductores de caravanas muestran firmeza en el andar. Pero es porque van lejos, tan lejos que cualquier camino es bueno para ellos.
Ul Saidzhak, historiador oficial de Yangibazar en el siglo XI, ha escrito:
La región de los bienaventurados que describen los libros santos es, ciertamente, esta en que vivimos. Los valles son fértiles, las montañas pródigas en manantiales, los inviernos suaves y amables los estíos. Las gentes del lugar son pacíficas y se sujetan humildemente a sus bondado­sos señores.
Embajadores de otros reinos han preferido redactar informes de in­verso dictamen. En todos ellos se señala la extrema pobreza de aquellas poblaciones, la asiduidad de las catástrofes naturales y la imposibilidad de registrar los asesinatos a causa de su número prodigioso.
Los hombres de la comarca no saben con certeza quién es su señor.
Los grandes imperios de la China y de los zares simulan una jurisdicción que, sin embargo, no se hace patente en la vida diaria. Apenas si cada diez años, o acaso veinte, una leva, un saqueo, un tributo forzoso, da a los lugareños la señal de que son parte de una nación real.
Los principes y khanes de las regiones cercanas son inconstantes en su dominio y sus mapas se modifican constantemente.
Sólo el odio pone claridad y vuelve nítidos los límites más borrosos.
Allí donde las montañas o las lenguas son insuficientes, la cartografía del encono nos deja saber quién es quién. Los príncipes intuyen esta verdad y sacralizan las controversias con sangre. Al cabo de pocos años, los críme­nes vuelven definitivo cualquier conflicto banal. Después de la caída del khan de Kipchak una minúscula dinastía se instaló en Yangibazar. Durante algunos años, los gobernantes se sucedie­ron en paz. Cuenta Ul Saidzhak que en el año 969 el senor de Yangibazar esperaba dos hijos de distintas concubinas. Quiso el destino que ambos nacieran la misma noche. Aunque no fue posible determinar cuál habia sido el primero, la preferencia del padre y luego la costumbre general ubicaron al príncipe Askar como heredero de aquel señorío. El otro niño, Lusig, fue cuidadosamente educado por su madre en la virtud y en el resentimiento.
Según los relatos oficiales los niños se adiestraron juntos en el arte del combate, en la poesía de los árabes y en aritmética de la India. Uf Saidzhak insiste en que ambos se profesaban un gran cariño. Abundan en su texto los episodios en que uno rescata al otro de una corriente traicionera o del ataque de una fiera. También se dice que ambos se parecían extraor­dinariamente. En el capitulo 9 de los anales de Yangibazar se aclara que Askar se diferenciaba de su hermano por tener un lunar detrás de la rodi­lla derecha. En el capitulo 36, ese lunar -o acaso otro- pertenece a Lusig y se halla entre sus omoplatos.
Cuando murió el señor de Yangibazar, Askar tomó su puesto y enfa­tizó su llegada al poder con un baño de sangre. Al frente de sus crueles soldados recorrió las aldeas de sumisión mas incierta y las sometió vio­lentamente.
La leyenda agigantó aquellas atrocidades. Algunos decían que la guar­dia personal de Askar se alimentaba positivamente con carne humana. Otros preferían creer que quienes se comían a las personas eran unos perros del Turkestán que habían sido adiestrados para la guerra.
Los tributos impuestos por el nuevo señor provocaron gran desconten­to. Entonces, el príncipe Lusig, inspirado por su madre, empezó a creer que el había nacido primero y se dispuso a reclamar su derecho al trono.
Junto con un grupo de nobles leales se retiró a Bukhoro y allí se declaró señor legítimo de Yangibazar. Lo acompañaba su madre y su concubina favorita, la bella Vartana. Lusig se hizo amigo de los pobres y por las no­ches recorría el barrio de los indigentes, a quienes obsequiaba odres de vino u hogazas de pan salado.
Los partidarios póstumos de Lusig juraban que el príncipe tañía la guzla y cantaba versos íntimos. Todavia hay, los juglares cantan una copla que se le atribuye:
Oh tú, que olvidaste al irte
Apagar la brasa de mi lujuria ...
Vuelve.
Askar ordenó la muerte de su hermano y envió una hueste numero­sa para aniquilar a sus partidarios. Los hombres de Lusig eludieron el combate, refugiándose en las montañas y disimulando su condición de rebeldes. El propio Lusig solía disfrazarse de mendigo ciego. Su madre y su concubina guiaban sus pasos y recogían las limosnas.
La invisibilidad de sus enemigos inquietaba a Askar. Cada día se torna­ba más desconfiado. Estableció recompensas para los delatores y en las puertas de su palacio se reunían cada mañana centenares y hasta miles de sicofantas que esperaban turno para denunciar a sus vecinos o fami­liares.
En el año 994, pasó por el camino de la China una caravana en la que viajaba el mago Tsu Wang, astrólogo oficial del Hijo del Cielo. Para salvar su vida, el mago obsequió a Askar una caja de ébano dentro de la cual descansaba una esmeralda, o acaso un rubí. La gema tenía la propiedad de cambiar de color ante un testimonio falso. El único que podía verificar tales mudanzas era el dueño de la piedra.
Askar empezó a llevar consigo aquella caja y espiaba su contenido ante cada frase que oía. Al saber que nadie podía mentirle, abandonó toda pie­dad, pues el perdón se lleva mejor con la duda que con la certeza. Todos los días, al levantarse, gritaba que él era el hijo mayor de su padre y el se­ñor indiscutido de Yangibazar. Y con un solo ojo consultaba el dictamen de la esmeralda, que acaso era un rubí.
Al comenzar el año 1000 sucedieron numerosas catástrofes. Ignorantes del calendario juliano, los pobladores de la región atribuyeron las inunda­ciones, las plagas y los terremotos a oscuros enojos de los dioses tártaros a los que decían adorar. Pero Lusig aprovechó la poca fe del pueblo para sugerir que los tiranos son la causa eficiente de toda calamidad. Los in­doctos y los sabios aprobaron ese juicio y muchos de ellos dieron el más firme apoyo a la causa de Lusig.
Finalmente, hubo lucha. Una lucha confusa, cuyos resultados eran im­posibles de apreciar. En medio del cieno de las crecidas, entre los rescol­dos de bosques incendiados, encanecidos por las cenizas de los volcanes, grupos de hombres enloquecidos peleaban hasta morir, muchas veces sin saber por qué. Las lealtades y las traiciones fueron arborizándose de tal modo que nadie sabía quienes eran propios y quienes forasteros.
La invasión musulmana de Abdel al Razah trajo más infortunio y más incertidumbre. En verdad, el caudillo árabe tomó Yangibazar creyendo que se trataba de Samarkanda. A pesar de las declaraciones de los prisio­neros que había tornado, Abdel al Razah se mantuvo en aquella creencia durante casi dos años y se instaló en el palacio del principe Askar. Se au­totituló visir de Samarkanda, hasta que recibió un mensaje de Tammur, el verdadero khan de Samarkanda quien lo desafiaba a cometer sus usur­paciones en el lugar pertinente. Los musulmanes se fueron a cumplir con sus propósitos originales, pero dejaron la ciudad en ruinas. Askar volvió al palacio y después de consultar su caja de ébano, acusó a su hermano de haber sido cómplice del invasor islámico.
Una noche, una patrulla reconoció a Lusig mendigando al borde de un abismo. Tal vez llamó la atención que un ciego pidiera limosna en un lu­gar tan desolado. Inmediatamente lo apresaron. Su madre y su concubina pudieron huir, nadie sabe cómo.
Al enterarse, Askar ordenó la decapitación de su hermano. Los astrólogos le recordaron que ambos habían nacido la misma noche y por lo tanto recibían idéntica influencia de las estrellas. Era peligroso tentar al destino con posibles simetrías. Askar consultó a la esmeralda mágica y la piedra dio la razón a los hechiceros. Askar dispuso entonces que Lusig fuera encerrado para siempre en la prisión más secreta del país. Eran unas instalaciones confusas, que no tenían nombre y cuya ubicación no era conocida ni siquiera por presos y carceleros, que eran conducidos allí con los ojos vendados.
Sofocada la rebelión, Askar debió ejercer su crueldad en ámbitos ci­viles. Para festejar su propia gloria tuvo la idea de construir dos palacios en las afueras de la ciudad, unidos por una ancha avenida. Impuso para ello tributos fortísimos a los campesinos y comerciantes que aún no habían muerto en la guerra, en las inundaciones, en los terremotos o en manos de criminales privados. La obra no alcanzó a completarse nunca. En realidad sólo se construyó la avenida. Hoy todavía puede vérsela como un inexplicable empedrado que no va a ninguna parte. Por el contrario, el informe del historiador oficial Ul Saidzhak fue escrito en su totalidad y describe con todo entusiasmo las amplias maravillas que no llegaron a construirse.
El palacio del norte, el mas pequeño, está construído sobre una monta­ña artificial. En las primorosas laderas crecen árboles frutales y los sende­ros están bordeados de estatuas, kioscos y pabellones. En la cumbre, una torre de granito sirve de sostén a una linterna cuyo fuego arde día y noche para facilitar la orientación de las caravanas.
Cuando ocurría alguna desgracia, los partidarios de Lusig veían acre­centar su esperanza de derrocar a Askar. Cada vez que un incendio des­truía el barrio de los pobres, la hermosa Vartana y su anciana suegra salta­ban de alegría y hacían sonar unos humildes instrumentos de percusión.
Poco a poco se fue organizando otra rebelión. Todos coincidían en que era indispensable rescatar a Lusig. El nombre del príncipe encarcelado se había convertido en símbolo del resentimiento de los oprimidos. En las frecuentes decapitaciones, las víctimas gritaban ¡Lusig!, como despedida o como insulto. A veces en la alta noche algún borracho o algún joven rebelde dejaba oir su grito desafiante.
-¡Lusig!-
En el año 1011, Vartana tomó contacto con un grupo de bandoleros tártaros que mataban a las personas por algún dinero. Con gran minucio­sidad planearon la muerte de Askar. Estudiaron las entradas del palacio, sobornaron a los guardias, lograron que algunas muchachas rebeldes in­gresaran como concubinas y, finalmente, los tártaros se filtraron en los aposentos reales una noche en la que se celebraba un banquete.
Los conspiradores no sabían que Askar había muerto algunos meses an­tes, víctima de la peste. Sus generales resolvieron mantener en secreto aquel suceso y sustituyeron al príncipe fallecido por un primo que se le parecía lejanamente y sobre el cual pensaban influir del modo más terminante.
Los tártaros apuñalaron al primo sustituto y huyeron al galope. Los ge­nerales de Askar no tardaron en encontrar un nuevo primo, cuyo primer acto de gobierno fue mostrarse en las puertas del palacio y prometer la decapitación a quienes estaban haciendo correr el rumor de que el prínci­pe había sido asesinado. Pasaron diez anos de desgracia creciente. Los generales eran mas crue­les que Askar. En 1018 hubo una invasión de ratas que no retrocedían ni aun ante las lanzas del ejército de Yangibazar. Se instalaron en la ciudad durante un año y sólo se marcharon cuando ya no quedaba ni un grano ni un queso ni una migaja para devorar.
En el ano 1021 la madre de Lusig, la bella Vartana y un grupo de 70 soldados lograron encontrar la innominada prisión donde padecía Lusig. Los guardias se rindieron sin luchar. Eran hombres viejos que no recibian salarios ni relevos desde hacía muchos años.
Hallaron a Lusig en la celda más oscura. Las dos mujeres acariciaron con ternura su cuerpo sucio y esquelético.
Al poco tiempo comprendieron que aquel hombre no las reconocía. La madre recordó el lunar que lo identificaba. Buscó primero detrás de la ro­dilla y después entre los omóplatos. Ante los nulos resultados de aquella inspección, Vartana opinó que acaso era Askar el de los lunares. El jefe de los carceleros puso fin a la discusión, mostrándoles una llaga horrible, una marca de fuego que decía Lusig en las regiones menos dignas del cuerpo del prisionero.
En seguida lo llevaron a un oasis cercano a Saragt y alli lo cuidaron amorosamente. Le hablaron de los pobres, de la rebelión, de los poemas y de la esperanza del pueblo. Pero a pesar de sus esfuerzos, no pudieron conseguir que el príncipe recordara su pasado.
Unos días después, la anciana madre tomó una decision solemne. -Es necesario que Lusig esté al frente de la hueste vengadora ... Pero tambien es indispensable que nuestro jefe sea diestro en la lucha y lúcido en el pensamiento. Dejemos a mi hijo aqui al cuidado de unos sirvientes y ha­gamos que un hombre vigoroso tome su lugar.
Esa misma noche, un primo de Lusig, que se le parecía lejanamente, ocupó su lugar. Mientras el verdadero príncipe se esfumaba de la historia, todos marchaban hacia Yangibazar gritando de valle en valle:
-¡Lusig!... Lusig ha vuelto ...
En cada pueblo se les unían centenares de campesinos enloquecidos.
Todos querían marchar a la capital y poner a Lusig en el trono de Askar.
Dos meses mas tarde, los rebeldes pelearon la batalla final. Las tropas de Askar y sus perros de guerra no pudieron resistir.
Lusig entró al palacio en llamas. Los enemigos ya empezaban a huir.
Había cadáveres por todas partes. En la más recóndita de las habitaciones, Askar fue capturado e inmediatamente llevado ante la presencia de su hermano.
Cuando los hombres estuvieron frente a frente, los testigos de aquella escena sintieron una gran emoción.
Ul Saidzhak escribió:
Los hermanos se miraron a los ojos. Seguramente recordaron los años de la infancia y la juventud. Askar debió pensar que una vez había resca­tado a aquel hombre de las aguas de un arroyo. Lusig tal vez se vio a sí mismo salvando a su hermano del ataque de una fiera. Todos los presen­tes lloraban porque sabían que detrás de los enconos estaban los lazos de la sangre que los unía fatalmente.
-¡Maten a este hombre, quien quiera que sea!- gritó Lusig.La anciana madre y la bella Vartana gobernaron la región a través del supuesto Lusig. Les esperaba una tarea muy ardua.En primer lugar, tuvieron que decapitar a los esbirros de Askar, a sus ministros, sus concubinas y sus partidarios en general. La reconstrucci6n del palacio obligó a imponer enormes tributos.
En el sur, aparecieron rebeldes que utilizaban el nombre de Askar como grito de guerra. Fueron aplastados a sangre y fuego.
En el año 1028 sucedieron horrorosas catástrofes naturales. El pueblo no tardó en murmurar que los tiranos son la causa eficiente de todo de­sastre. El historiador oficial Kalik Mutavar, que había sustituído a Ul Saidzhak, escribió:El reinado de Lusig vino a traer paz y prosperidad a la regi6n. Las gen­tes del lugar, inc1inadas por naturaleza a sujetarse a instancias superiores, cumplieron con sumisión las sabias órdenes del nuevo principe. Lusig vivió hasta edad avanzada junto a su anciana madre y su amada esposa, la bella Vartana.

domingo, 13 de enero de 2008

COLOMBIA: de la selva al orfanato, la epopeya del pequeño Emmanuel

Clara a su regreso a Bogotá. Sin demoras, se
reencontró con su hijo Emmanuel en privado en el
ICBF,
el centro nacional de cuidados que lo aloja.
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El conflicto con la guerrilla
Recién llegada a Colombia, la ex rehén de las FARC se encontró con su hijo de quien fue separada a los ocho meses de nacido
LANACION.com Exterior Domingo 13 de enero de 2008


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José Gómez, el hombre a quien la guerrilla
de las FARC confió al hijo de Clara Rojas,
cuenta su historia a Le Figaro


En el búnker de la policía judicial de Bogotá, José Crisanto Gómez Tapiero no sale de su asombro. “Me sigo preguntando por qué me confiaron a mí este niño”, explica este campesino de 39 años, con la piel curtida por la laboriosa vida de los colonos amazónicos. Sus manos están agrietadas y su ropa, gastada.
Una y otra vez revive en su mente la película increíble que empezó para él un día de enero de 2005, cuando unos guerrilleros le entregaron al pequeño Emmanuel, el niño que nació en cautiverio de Clara Rojas y uno de sus carceleros.
José Gomez vivía con su mujer y sus cinco hijos a orillas del río Inirida, en la casa de su suegro, un curandero indio. Una existencia miserable al ritmo de las cosechas de coca, materia prima de la cocaína, pilar de la economía local. Y regida por la ley de las FARC, verdadera autoridad de estas zonas remotas, a muchas horas de barco del pueblo más cercano.
Ese día de enero, una pareja de guerrilleros desembarca de una lancha rápida y le entrega un bebé sin nombre. “Tenía el brazo roto y picaduras de leishmaniose”, se conmueve José Gomez. “Es triste ver a un niño tan pequeño en ese estado”. Los guerrilleros prometen pasar al día siguiente. No vuelven hasta cuatro meses después. “Acariciaron al niño y oí a una guerrillera decir que tendría que llamarse Juan David, como su padre”. El pequeño Emmanuel se convertirá en Juan David Gomez Tapiero cuando José Gomez se declarará su tío abuelo para inscribirlo en el registro civil. “El niño parecía una carga para los guerrilleros, como si quisieran quitárselo de encima”. Los hijos de José se encariñan con este bebé de piel clara, que se arrastra con su brazo sano sobre la tierra batida del ranchito familiar. El suegro indio le aplica cataplasmas sobre las picaduras de leishmaniose, pero no puede hacer nada por su brazo.
Los meses pasan, las relaciones del colono con las FARC se deterioran. Se rehúsa a que sus hijos participen de reuniones políticas. Acaba por temer por su vida. Uno de sus hijos tiene paludismo, el pequeño Juan David no está totalmente curado. Toda la familia se traslada en junio de 2005 al pueblecito El Retorno, con unos pocos enseres, donde se amontonan en una habitación. José lleva al niño de las FARC al hospital de San José del Guaviare, la capital regional. “Cuando vieron su estado, lo hospitalizaron. Así fue como cayó en manos de los servicios sociales”.
Cuando José sale del hospital, un hombre lo intercepta y se presenta como miembro de las FARC. “Sé que ha dejado al niño. Invente lo que quiera, pero usted responde por él, si no, sabemos dónde encontrar a sus hijos”. Unos días más tarde, a penas de regreso en el pueblo, otro hombre le pide noticias del niño. “No podía decirles que había perdido la guarda. Me habrían matado al instante”, prosigue José Gomez. El colono miente a la guerrilla. “Les dije que el niño estaba viviendo en Bogotá en casa de una de mis hermanas, una persona de bien. Esto los tranquilizó. Me dejaron en paz durante muchos meses”.
En septiembre de 2007, las FARC insisten nuevamente. José Gomez es convocado al campamento de un comandante para darle explicaciones. “No puedo ir, tengo mucho trabajo”, esquiva el colono. Las semanas pasan, las amenazas se vuelven más precisas”. José le cuenta a un amigo. “Y si fuera el hijo de Clara Rojas…”, arriesga este último. Gomez se niega a creerlo. ¿La guerrilla le habría confiado a él, miserable campesino, al hijo de “una mujer tan importante”? Nace la duda.
Cuando se entera de que las FARC se han comprometido a entregarle al presidente venezolano Hugo Chávez a tres de sus rehenes, el hijo de Clara Rojas entre ellos, las presiones de las FARC aumentan. El 27 de diciembre le conminan a remontar inmediatamente el río con el niño. José se siente perseguido, acosado. El último fin de semana de diciembre, los medios de todo el mundo esperan, en Caracas y en la ciudad colombiana de Villavicencio, el desenlace de la operación “Emmanuel”, la misión humanitaria orquestada por Chávez para ir a recuperar a los rehenes en Colombia. En San José del Guaviare, José Gomez decide confesar todo a las autoridades. Pero todas las oficinas están cerradas: no hay ni un funcionario para recibir su denuncia.
El 31 de diciembre, el presidente Álvaro Uribe, durante una visita a Villavicencio, muestra su carta maestra ante los periodistas atónitos: la guerrilla pretexta operaciones militares para no liberar a los tres rehenes, pero la verdad es que ya no tiene a uno de ellos: el pequeño Emmanuel. Los servicios colombianos han encontrado indicios del niño en un orfelinato de Bogotá. Un tal José Gomez Tapiero lo reclama insistentemente. No hay más dudas. José Gomez tiembla aún al recordarlo: “Era la primera vez que oía mi nombre en la televisión. Pero yo nunca quise devolverles el niño a los guerrilleros”, jura el campesino.
Una media hora después del discurso presidencial, mientras José Gomez bordea las paredes esperando recibir una bala de las FARC en cualquier momento, motos de la policía llegan en tromba. Desde el 2 de enero, el testigo clave, su mujer y sus hijos están resguardados por la justicia colombiana, con el grado de máxima protección. José Gomez espera ahora encontrar asilo en el extranjero. “Por mi culpa la guerrilla ha sido ridiculizada internacionalmente. Y esto no me lo perdonarán nunca”.

Por Pascale Mariani y Roméo Langlois,
(Le Figaro, París, 11/01/2008)
Traducción:
Ángels Miarnau,
Buenos Aires, Argentina

viernes, 11 de enero de 2008

Chávez quiere la llave del estrado de la democracia para sus amigos terroristas

Chávez, Marulanda, demócratas "a estrenar"
Propongo un ejercicio prospectivo en torno de la figura del líder populista venezolano Hugo Chávez y su última idea brillante: cambiar la calificación de las guerrillas terroristas colombianas (FARC y ELN).
¿El argumento?
Muy fácil: no se trata de grupos de psicópatas asesinos y traficantes sino de "verdaderos ejércitos que ocupan espacio en Colombia", por lo que "hay que darles reconocimiento, son fuerzas insurgentes que tienen un proyecto político, un proyecto bolivariano, que aquí es respetado".
Como el pedido -nada de nuevo enfoque, o invitación a la discusión de ideas: lisa y llana exigencia- fue dirigido a América latina y Europa podríamos ensayar el siguiente presupuesto:¿Cómo cree que tomarían los españoles en su conjunto hoy un acuerdo "pan-ibérico" que otorgue a las bestias etarras el trato y la consideración debida a los profesantes de un proyecto político respetable?
Podríamos tambien indagar a los británicos sobre la conveniencia de iniciar tratos con células dormidas de AlQaeda para organizar un simposio sobre la Carta Magna de 1215.
Una lectura inicial podría sugerir que se tome a la chacota semejante despropósito, pero no.
Podríamos esbozar varios psicodiagnósticos o tests de personalidad divertidísimos acerca de Chávez. Hasta abonar con mil ideas libretos de programas cómicos casi obscenos, al estilo de nuestras "nuevas TV" latinoamericanas. Pero no.
Los europeos pueden atender las alternativas de este nuevo esquicio de tierras calientes,con la curiosidad del entomólogo, del filatelista. Pero tampoco.
Lo que la razón indica es que Chávez es un provocador nato. Los usos y prácticas de la república y de la democracia, aún en nuestras naciones raquíticas de ideas éticas políticas, "no le van".
La granada sin seguro de Chávez no quedó solamente en el escritorio de su vecino Uribe. Está en los despachos de varios colegas, en las listas de llamados (¿no respondidos?) de varios líderes progres.
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El presidente venezolano solicitó a América latina y a Europa que quiten de sus listas de grupos terroristas a la guerrilla colombiana; fuerte rechazo de Bogotá a la propuesta
LANACION.com Exterior Viernes 11 de enero de 2008




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jueves, 10 de enero de 2008

La liberación de dos políticas colombianas secuestradas hace seis años por las FARC

Consuelo González en el reencuentro

El presidente Chávez, al parecer, aprendió del fiasco inicial en la operación "mediática" (¿o habrá que decir "idiótica"?) para recuperar de la selva colombiana a Clara Rojas y Consuelo González, políticas secuestradas por la organización terrorista FARC.
Militar de origen -no muy bueno al parecer- don Hugo co-capitaneó una semana antes un "consejo de notables" convocado de apuro para un reality show, reflexionó -o alguien lo hizo por él- y optó por la profesionalidad de quienes son expertos en apropiarse de existencias y dignidades ajenas -terroristas y soldados- para liberar a dos mujeres políticas de su absurdo padecimiento de seis años. Se logró lo que propusimos ayer: un piadoso manto de silencio para la gestión de la "armata Brancaleone", el rejunte de políticos de segunda que no sabían dónde estaban, liderados por el ex-presidente argentino Kirchner.
Aquí abajo, dos ejemplos de lo dicho.
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Ponen fin a casi seis años de cautiverio

Clara Rojas y Consuelo González fueron recibidas por sus familiares y luego se reunieron con Chávez; están en buen estado de salud; las ex cautivas traen pruebas de vida de 16 secuestrados
LANACION.com Exterior Jueves 10 de enero de 2008



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Cristina Fernández felicitó a Chávez por la liberación y se defendió de las críticas por el operativo frustrado (Diario Perfil-CLICK)

miércoles, 9 de enero de 2008

En horas, Colombia y Venezuela liberarían a las dos secuestradas por las FARC

Los gobiernos colombiano y venezolano acaban de anunciar que acordaron el procedimiento de liberación de las dos dirigentes políticas colombianas que permanecen desde hace años secuestradas por las FARC . La entrega de ambas secuestradas a helicópteros venezolanos bajo bandera de la Cruz Roja Internacional se haría durante el día de mañana en algún lugar de la selva colombiana.
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La crisis por los rehenes


El mandatario venezolano enviará a través de su canciller una solicitud para que Colombia lo autorice a retomar la operación de liberación de los cautivos


LANACION.com Exterior Miércoles 9 de enero de 2008


martes, 8 de enero de 2008

La condesa de Chernobyl, otro relato del argentino Eduardo Belgrano Rawson

Como lo afirma el autor (ver entrada del 3 de enero en este mismo blog), hay bares y cafés de Buenos Aires que tienen sus personajes y sus bemoles.
Por estos días EBR publica en el suplemento Verano del matutino Clarín de Buenos Aires, una serie sus trabajos breves, inéditos o ya editados, que abren el suplemento de la temporada 2007/8.

La condesa de Chernobyl

Frecuento un bar peligroso, que cada tanto termina con un colectivo adentro. Una vez, comentan los mozos, un cajero despedido entró con un hacha de incendio y la sepultó en el cráneo de una señora que se disponía a sorber una lágrima. Pero el cajero estaba chiflado y eso pasó en otro tiempo.
Lo peor del bar es el baño. Se llega entre ruidos subterráneos, por un pasadizo que desemboca en ese antro atestado de clientes que miran en diagonal. Uno mea con urgencia. El día menos pensado, supone, caerá en una redada. Para los caballeros de caudal reducido, este baño debe ser un suplicio. En cuanto a los escritores muy jóvenes, yo les diría que nunca pisen el bar a menos que los acompañe la madre.
Cuando vuelvo del baño hay una flaca lánguida sentada en otra mesa, fumando un cigarrillo tras otro. Tiene delante suyo un atado de Gitanes. Me muero por decirle algo, pero ni siquiera lo intento. Quedo colgado de su mirada, hasta que paga y se va. Llevo media mañana sin completar una línea. Cada tanto, desde mi mesa, veo algún baqueano al acecho que se dispone a cruzar la avenida. Estos rastreadores urbanos tienen un instinto maravilloso. Distinguen a cuatro cuadras si aquello que viene a lo lejos es un 60 o un 38. Pueden tirarse del subte en marcha sin dejar de leer el diario. Trotan al Iado del colectivo con la Crónica bajo el brazo y montan en el momento preciso con la elegancia de un indio. Nunca se van al suelo. Conocen cada rincón de la selva mejor que su propia mano. Saben en qué momento pueden largarse a cruzar el corredor de la muerte sin quedar arrollados por la estampida.
Son los cheyennes de Buenos Aires. La ciudad está en bancarrota. Los viejos buscadores de oro son hoy juntadores de latas. Siempre he querido ocuparme de estas criaturas, pero a falta de la imaginación suficiente, me dedico a la ciencia ficción. Ahora estoy maquinando algo que sucede de aquí a veinte años. Buenos Aires está rodeada por una cerca electrificada como la frontera de México. En el horizonte arden los fuegos. Son las aldeas de los inmigrantes: Nueva Berlín, Nueva Washington, Nueva Londres. Todas las noches ellos procuran filtrarse y los paran a balazos. Es un relato de acción. Y lo mejor para escribir estas cosas son los boliches del centro.
Los bares de escritores no sirven. Uno tirita en invierno y se sofoca en verano. A partir del mediodía, el café llega quemado. Hay ciertas compensaciones: en el Tortoni uno puede pedir sidra suelta y leche merengada con canela y es uno de los pocos bares del mundo donde sirven mate cocido.
Mi bar está en Tribunales. Es un típico antro de la injusticia. El mozo llama doctor a sus clientes. Algunos van exclusivamente para que el mozo los doctoree. Es un refugio de abogados famélicos, al punto que hay una Remington debajo del mostrador. Cada tanto cae alguno a tipear un escrito desesperado. El cliente aguarda a unos pasos, con cara de prisión preventiva. Ahora la máquina duerme. En la mesa de la ventana, un abogado y su socio hablan de sus asuntos. "Pidió el expediente para mirarlo y en un descuido de las empleadas se tragó los pagarés", resume el más veterano. Ahí termina la historia. El otro revuelve su capuchino. Hay algo que lo consume. "Anoche volvió a llamarme Goyena", murmura al fin. "Tenía un patrullero en la puerta. Le estaban tocando el timbre. Quería saber qué hacía. ¿Te das cuenta? Eran las cuatro de la mañana, encima despertó a las mellizas ... mi mujer preguntaba quién era. Un momento que consulto el Código, le pedí. ¿Pero qué podía decirle? Raje por la pared del fondo."
La flaca de los Gitanes se llama Samantha. Pronto hacemos amistad. Trabaja de estatua viviente en Palermo Hollywood, pero vive por aquí cerca. Estuvo en Inglaterra y el oficio lo aprendió en Covent Garden Ahí la competencia es terrible. Mientras Samantha juntaba a lo sumo a dos ancianitas y un niño, el tragafuego de la pitón no bajaba de cuarenta espectadores. Asi que ella termino por volverse. Aqui no hay estatua que valga: de entrada la tiraron al suelo dos chicos en patineta. Luego empezó a venir un perro que le meaba la pierna cada tarde a la misma hora, un perro con señora y todo que no alzaba un dedo para impedirlo. Ahora tiene un novio ucraniano que toca el violín en el subte. Como todos los buscas rusos que pululan últimamente, este había sido primer violinista en la sinfónica de Leningrado. Mientras Samantha espera que llegue, charlamos de mesa a mesa.
Cuando hablo de bares quiero decir Buenos Aires. Los cafetines del interior son distintos. En Córdoba. por ejemplo, algunos años atras, si uno andaba de libreta y lápiz. solo podia ser quinielero. Pero había un sitio especial, mitad café, mitad pizzería. que compartiamos con el autor de la Gran Novela Cordobesa. Su escritura ya Ie llevaba diez años e iba a tenerlo todo, desde fundadores llegados de España hasta los contadores de cuentos que a pesar de la miseria reinante aun luchan por ser chistosos. Pero murió antes de terminarla.
De los bares conocidos, era el menos indicado para ponerse a contar historias. Tenía sus propios conflictos. A veces derrochaba dramatismo, cosa que no podía decirse de nuestros insulsos relatos. Una vez, ante los ojos de todos, vino a ocurrir lo siguiente:
Yo estaba junto a la barra, bregando con el capítulo cuatro. Al otro lado del bar, el autor de la GNC se rascaba la cabeza. Pegaditos a la puerta, dos amigos míos que vivían enfrente mataban el hambre con un café. En eso un recién llegado se acercó hasta el mostrador. Llevaba algo en la mano que Ie mostró al encargado. Era una bolsa del Rey del PolIo. "¿Me la podria guardar un rato?", le pregunto. Resulta que iba al cine y no queria andar con eso. El encargado aceptó la bolsa. Pongamos que se llamara Ismael. Enseguida la depositó en la heladera. Mientras el hombre se retiraba, percibí aquel resplandor en el rostro de mis amigos. Era visible que estaban pendientes. La fragancia a pollo asado los habia enardecido. Luego volví a lo mio. Cuando asomó a la superficie. mis amigos habian partido.
Al rato llegó otro sujeto, amigo de mis amigos, voluntario de las misiones suicidas. También era amigo mio. Pasó junto a mí como un rayo. Ni siquiera miró de reojo. Se plantó frente a Ismael y le dijo. "Vengo de parte del señor del pollo. Parece que tuvo un problema en la casa. Dice si puede entregármelo a mí". Ismael se agachó con abulia, metió el brazo en la heladera y sacó la bolsa del polIo.
Pero yo ya estaba lejos de ahí, arrastrado por la odisea de un hombre que llamaba desde alta mar a su casa. Ya saben lo que sucede cuando la historia funciona. El tiempo se descalabra. Uno relee la página y cuando vuelve a levantar la cabeza han transcurrido tres horas. Cuando quise darme cuenta, mis amigos estaban de vuelta, sentados en la mesa de siempre. Sólo les faltaba el palillo en la boca. Se habían cargado el polIo. No habían tenido más que agregarle tres porciones de papas fritas y una botella de vino. Se instalaron plácidamente a esperar la salida del cine.
Cuando volvió el tipo del polIo, Ismael se encontraba en su pose de costumbre, mirando su negro futuro. No dio ninguna señal de que alguien se hubiera interpuesto entre él y su pesadilla. Durante un par de minutos el forastero aguardó cortésmente, parado ante el mostrador. Ismael no se inmutó. El forastero apeló a la ultima sonrisa que Ie quedaba: "Soy el del polIo, ¿se acuerda?". Hay que hablar de la guerra sin mencionarla jamás, ¿no? Ademas, está todo ese asunto del iceberg. Lo no dicho es lo que importa. Y no se puede andar matando personajes al pedo. Mejor un muerto que diez. Y de matarlo, hay que hacerlo muy bien. Porque para colmo de males, uno siempre derrapa en las escenas de acción. Por todas esas razones, difíciles de explicar, no diré por el momento una sola palabra más.
Cuando salgo del bar donde paro no estoy triste ni vacío como Hemingway despues de hacer el amor. Más bien me siento dichoso y con ganas de seguir adelante. Sólo que entonces viene lo peor: volcar lo escrito en la compu.
Hay un degenerado que suele darme una mano cuando se empaca la máquina. Acaba de cumplir trece anos y ha leído todos los libros que existen y planea jubilarse como el escritor mas famoso del mundo. Segun lo ha demostrado, Ie bastan unos segundos para descubrir todas las veces que usaste la misma palabra en un libro. Eso no es nada: acaba de hacerlo con Borges. "Primero escaneas el texto", explica, mientras duplica El Aleph. "Después lo pegás aquí. Entonces te vas a Buscar . Y lo va haciendo, nomás, a medida que pone los dedos. Las repeticiones resaltan en la pantalla. "Qué hijo de puta...", masculla, en el colmo de la excitación.
A mí estos tipos me asustan. Por eso me la paso puliendo. Es que las primeras versiones son pavorosas. Será porque escribo en los bares y Buenos Aires nunca te da respiro.
Capaz que algún día dejo todo esto. Conozco un lugar en la sierra. Hay nogales de varios siglos y arroyos con cascaditas. Perdices por todas partes. Cada tanto pasa algún zorro con una pera en la boca.
Capaz que me instalo ahí a escribir algo, que no tendrá tifones ni nada y versará sobre las montañas azules y los tractores sudando bajo el crepúsculo y los halcones de enero que anidan entre los bosques.
Pero termino volviendo a mi cueva de Tribunales. Samantha sigue en su mesa. Mientras llega el ucraniano. nos hacemos compañía. Pero el ucraniano no llega. Ya no hay más novio, declara. La dejó por un tragasables. Una lástima, parece. porque estaban teniendo mucho éxito en la línea del tren a Tigre.
Samantha hacía de ruina atómica. El ucraniano la llevaba en brazos por los vagones. la depositaba en el piso y explicaba su tragedia, para tocar a continuación un adagio de Katchaturian. A ella no se le movía un pelo. La gente no podía sacarle los ojos de encima. Después de todo, la chica tiene lo suyo. Así. tirada en el piso, de botas y gorro de piel, debe haber parecido la condesa de Siberia, cuadripléjica por las emanaciones atómicas. El único movimiento que se notaba en su cuerpo era una lágrima que le caía del ojo hacia el final del adagio. "Una lágrima sola" aclara Samantha, que controla hasta los fluídos del cuerpo.

Dicho lo cual paga su cortado y se va. Yo agarro el lápiz y anoto: La condesa de Chernobyl.